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Copa América: Fútbol, Rebusque y Farra: Capítulo 1

1. LLEGADA A BRASIL Y PRIMEROS PARTIDOS

Llegó la Copa América 2019, un nuevo evento futbolero para seguir a la selección Colombia, viajar, disfrutar, conocer y poner en práctica las técnicas y mañas de rebusque aprendidas en eventos previos para poder sustentar el viaje.  Muchos de los aficionados que fueron a Rusia no quisieron asistir a esta copa, debido a que es un torneo mucho menos importante. De cierta manera tienen razón: mundial es mundial… pero Brasil es Brasil, y jamás será una mala idea visitar este hermoso país. Varios amigos se incluyeron en el viaje, en plan de farra, y también mi hermano, que sí me iba a ayudar al menos los días fuertes a vender mercancía. Tocaba sacarle tiempo a todo. 

Mi llegada fue un día antes de iniciar la Copa a Río de Janeiro, donde había muchos aficionados colombianos y personas de varios países.  La pasarela de Copacabana fue el primer lugar para ofrecer camisetas, mochilas, banderas y las demás cosas que llevé para vender. Fue muy bonito ver que varios de los compradores fueron colombianos que viven y trabajan allá. Hay compatriotas vendiendo cerveza, con carritos de açaí, ofreciendo tures, vendiendo mochilas wayúu e inclusive hay uno que se pasea de lado a lado con papas rellenas y pasteles de yuca a la venta.  Caipirinhas no vi ninguno que vendiera, luego me enteraría que ese negocio es de la mafia brasileña y que toca obtener un permiso especial para ofrecerla, que viene directamente desde las favelas.

Lo que también presencié, y me asustó bastante, fue un enfrentamiento entre la policía y un brasileño que aparentemente era vendedor.  No supe el motivo pero primero lo encararon dos policías, no pudieron con él así que llegaron otros dos, y finalmente fueron seis y una patrulla. Terminó ensangrentado en el suelo recibiendo puntapiés y puños a pesar de estar totalmente dominado, y cuando un turista sacó el celular para grabar uno de los patrulleros lo amenazó hasta que le tocó guardarlo.  La policía en Brasil no come de nada, la fama que tiene de ser peligrosa es muy bien ganada, así que todo este viaje tendría que ser muy cuidadoso con ellos.

Finalizada la noche debí ir al aeropuerto para viajar a Salvador, la ciudad donde debutaríamos contra Argentina.  El viaje fue a la madrugada así que solamente dormí las 2 horas que duró el vuelo y la horita de trancón en el Uber. Ese viernes hubo huelga general en Brasil así que había trancones porque no estaban funcionando los buses.  Pensaba dormir un poco al llegar al hostal, pero el hermoso ambiente que se vivía en Pelourinho, el centro histórico de Salvador, me dio energía para ponerme el disfraz de cumbiambero y empezar a camellar. Tocó andar por las empinadas y empedradas calles de este pintoresco sector de la ciudad, buscando colombianos y brasileños y luego caminar una hora hasta la playa a buscar más clientela.

En el camino me frenó una moto en seco a preguntarme por un sombrero. Era un paisa medio atravesado que finalmente me pidió el número de celular para llamarme después y cuadrar.  Le dije al amigo con el que estaba que seguro era un cobrador de gota a gota, pero él no creyó que hubiera colombianos dedicándose a esa cuestionable labor por estas tierras.  A las 10 cuadras me paró otra moto, esta vez un santandereano interesado en una mochila.  Pidió descuento, pero finalmente, cuando accedió a pagar el precio que era, sacó un fajo enorme de billetes del bolsillo que casi no le cabía en la mano, pagó y arrancó.  Ahí mi amigo me creyó y se sorprendió por saber que los colombianos han llevado este negocio a casi todo el continente.

En el camino también pasamos por una de las concentraciones de la huelga. Era una fiesta, los cantos en contra del gobierno se acompañaban por cerveza, cachaza, tambores, baile y demás expresiones de la comunidad.  No sé cómo habrá sido en otras ciudades, pero Salvador tiene una desigualdad enorme y esta manifestación era muy conmovedora.  Tenía afán por llegar a la playa con suficiente tiempo de sol, pero igual me dio tiempo para cantar un par de veces “Fora Bolsonaro” y acompañar a los huelguistas: en Colombia sabemos perfectamente lo que es tener un gobierno facho que abandona a la clase obrera del país.

La playa de Barra lucía hermosa: vallas argentinas con el nombre de clubes y pueblos, banderas colombianas en las sillas, cajas de aguardiente y fernet en las mesas, bafles a todo volumen y un reguero de personas alegres, todavía con todo el vigor del comienzo del paseo. Tenía que aprovechar eso, sobre todo para vender los sombreros, único producto realmente costoso que llevé y que por su diseño es muy incómodo de cargar. Entre más días pasaran la gente iba a estar más cansada, ya se habrían emborrachado y desangrado sus tarjetas. Entonces tocó caminar esa playa varias veces de lado a lado, los pies se enterraban en la arena paso tras paso y sentía que salían las primeras ampollas, pero afortunadamente se pudo vender bien. Un par de colombianos pidieron sombreros fiados con el compromiso de pagar en la noche y yo con tal de salir de ellos confié en que así sería.

Cerca de esa playa se ubicaba el “Fan Fest”, lugar con pantalla gigante y tarima donde se haría un concierto y se podría ver el debut de Brasil con Bolivia.  Por supuesto que estaba lleno de gente y resultaba incómodo recorrerlo con tanta mercancía encima, pero tocaba aprovechar la ocasión.  Encontré a los que habían pedido los sombreros fiados y de buena gana los pagaron. Logré salir de todos los demás, aunque el último tocó dejarlo barato, pero la verdad es que quería quedar libre de ellos.  Me encontraba emocionado por el inicio de la Copa, por faltar poco tiempo para ver jugar a Colombia y además ya se veía a varios colombianos levantando brasileñas, así que la idea era bajarle al trabajo y buscar alguito de fiesta, aunque tocaba suave porque el día siguiente la jornada iba a ser fuerte.

Mi hermano llegó esa madrugada tras un viaje larguísimo de un día y medio por Asunción, ya que los vuelos directos estaban mucho más costosos. Dormimos algunas horas y a preparar todo y ponernos los disfraces de marimonda, perfectos para recochar, mamar gallo y atraer clientela.  Había un banderazo programado en el Elevador Lacerda, donde la idea era reunir la mayor cantidad posible de aficionados para emprender una caminata de 20 minutos hasta el estadio cantando, bebiendo y disfrutando del gran placer que es conocer tantos compatriotas en tierras foráneas. Las ventas me hicieron perder el tren de la barra, pero igual llegué a buena hora a la espectacular Arena Fontenova.

Ubiqué un lugar apropiado donde la policía no molestaba y comenzó la gritería para ofrecer los productos y la llegada de curiosos que sólo preguntaban y preguntaban, los que querían pagar la mitad del valor que les decía, otros que se probaban las camisetas y se iban dejándolas todas arrugadas y hasta el que regó cerveza encima de una antes de irse.  Pero bueno, gajes del oficio. Nos fuimos acercando al estadio ofreciendo más suavemente, ya que allí no era permitido vender, y poco a poco fuimos guardando lo que quedaba, asegurando la plata recaudada y concentrándonos en el juego.

La entrada de los equipos y el himno fueron muy emocionantes y el desarrollo del partido, como siempre con nuestra adorada Selección Colombia, una apretadera permanante.  Ver jugar a Messi nunca dejará de ser un placer, pero verlo impotente y superado por Barrios mucho más.  Cada gol fue una euforia impresionante de los más de diez mil colombianos en el estadio y de los brasileños, que siempre son felices con la tristeza de los gauchos.  La zona rosa de Rio Vermelho fue el principal escenario de celebración. El bar que mejor sonido tenía fue invadido por música colombiana, lo que nos permitió cantar Diomedazos, bailar Cali Pachanguero y oír hasta música de cantina ante los sorprendidos ojos de los brasileños.

En los días siguientes se pudo descansar, ir a la playa y seguir festejando.  Algunos compatriotas iniciaban su larguísimo viaje por tierra hasta Sao Paulo. Afortunadamente con mis amigos fuimos precavidos y con suficiente tiempo sacamos vuelos baratos.  Mi hermano se quedaría conociendo algunas playas cercanas a Salvador, así que me tocaba ir a vender solo.  La ciudad era muy diferente, mucho más grande, con trancones, edificios, oficinas, poca gente en las calles y en general las características aburridas de las metrópolis.  El día previo al partido con Qatar, que jugaba Brasil contra Venezuela, llegó una imagen virtual con un escenario del fan fest, así que nos dispusimos a ir para allá en una caminata bastante larga, con mi disfraz de monocuco y una maletada llena de mercancía, esperando una venta similar a la del Fan Fest de Salvador.

Ubicamos el sitio pero no se veía ningún jolgorio, era una glorieta enorme pero sin personas, ni pantalla, ni tarima ni nada.  Poco a poco fueron llegando más colombianos igual de perdidos que nosotros, hasta que averiguamos y lo que ocurría era que habían modificado el lugar hacía varios días y ya no era ahí.  El cartel desactualizado se había viralizado entre colombianos y nos había confundido a todos, pero además los brasileños locales no sabían nada de nada.  Fue defraudante ver su desinterés por el torneo.  En Sao Paulo son bien agrandados y aparentemente sólo les interesa el mundial.  Así que aquí estábamos en medio de la nada, yo parecía un payaso con el disfraz y no había ni una tienda para comprar una cerveza. Finalmente supimos la ubicación del verdadero Fan Fest, que quedaba bastante lejos y no tenía mucha gente ni mucho ambiente, aunque al menos se podría ver el partido.  La venta estuvo mala así me fui al hostal a descansar bien para el voleo del día siguiente.

El Morumbí es uno de los escenarios míticos de Brasil. A tres cuadras de allí planté el lugar de la venta y me sorprendió el flujo de colombianos tan grande. Pasaban y pasaban familias, parejas, grupos de amigos, colombianos casados con brasileñas y viceversa, estudiantes de intercambio y hasta barristas que habían iniciado su viaje desde Colombia hacía un par de meses. Había muchas personas vendiendo, sobre todo algunos de estos barristas que además pedían limosna y eran un poco agresivos así que asustaban a algunas personas que preferían caminar rápido al estadio y ni miraban lo que uno ofrecía.  De todos modos se vendió muy bien, aunque estando solo la cosa era más fuerte porque llegaban varias personas al mismo tiempo y se dificultaba atenderlos a todos.

Estaba con tres amigos, pero que viajaron a Brasil de farra así que no se iban a poner a vender, aunque igual me colaboraban vigilando las cosas y cumplieron la importantísima labor de darme un trago de cachaza de vez en cuando, que ayudaba a ponerme más armonioso y a meterle más sabor al tema. Tenía el objetivo de buscar aficionados de Qatar para empezar a hacer contactos con miras al mundial, pero hubo muy pocos y se dificultó cumplir esta importante misión.  Dentro del estadio había un grupo pequeño, la gran mayoría eran colombianos, que a pesar de ser muchos no se logro que el enorme Morumbí dejara de verse medio vacío.  Casi no llega ese gol de Zapata que nos diera la tranquilidad de la clasificación y que causó que muchas personas cancelaran el larguísimo viaje a Salvador para el juego con Paraguay y se quedaran esperando el partido de Cuartos.

El último día en Sao Paulo aprovechamos para almorzar en el Mercado Central, conocer el Museu do Futebol en el Estadio Pacaembú, escenario donde Pelé diera cátedra con el Santos, y caminamos la famosa calle Paulista, muy bonita y todo, pero el poco ambiente futbolero rajó a la ciudad.  Decidimos ir al hostal temprano y en la habitación había unos peruanos que tenían varias boletas del Colombia Paraguay. Resulta que habían comprado a ciegas, antes del sorteo, apuntándole a atinar un partido de su selección, y habían quedado con bastantes ingresos de otros juegos.  Les dije que muchos colombianos con boleta habían decidido no viajar y las estaban regalando así que nadie se las iba a comprar, entonces quedamos en cambiar las boletas por souvenirs colombianos.  Les di una camiseta, una mochila, tres bufandas y unas gafas y quedé con siete boletas que trataría de vender así fuera a mitad de precio.

Para leer el Capítulo 2 haga click en el siguiente enlace:
https://viajesfutbol.home.blog/2019/07/13/copa-america-futbol-rebusque-y-farra-capitulo-2/

Se arbitra como se vive

Los sonoros reclamos de los vecinos cuando se apaga el picó me despiertan del pesado sueño que tenía, o posiblemente fue el fin de la música, a la que ya estaba acostumbrado dentro de mi letargo. No tengo necesidad de mirar el reloj para saber la hora aproximada: ya salió el sol pero aún la temperatura es tolerable, así que no deben ser más de las 6:30 de la mañana.

Momento para incorporarse, tomar un buen desayuno y alistar el maletín. La jornada dominguera de hoy incluye varios partidos, donde el calor y el desgaste prometen estar presentes de principio a fin. Toca empacar camisetas de varios colores, un par de ternas por si los compañeros no llevan, pantalonetas, medias e interiores de repuesto, el juego de tarjetas, el silbato, la moneda de la Federación para impresionar, lapicero por si toca hacer informes, los guayos y el cepillo para que siempre estén relucientes, el juego de banderolas, un par de botellas de agua, una toalla y una loción para dar en todo momento la impresión de estar recién salido de la ducha.

Mientras salgo de la pensión donde vivo pedaleando en mi fiel compañera, la bicicleta que me lleva por todos los rincones y canchas de Barranquilla, saludo a los vecinos que estaban emparrandados con el picó, que a pesar de que la fiesta terminó hace rato se resisten a irse a dormir, y juntan sus últimos centavos para tratar de retacar otra botella de cococho y extender la jornada un rato más. Saludo también a los que salen con su carroza llena de aguacates o su balde con pescados, a rebuscarse alegremente el diario por el barrio. Este bonito momento del día es exclusivo de los domingos, cuando uno en la calle sólo ve expresiones alegres, ya de aquellos aprovechando su descanso, ya de otros trabajando, pero sin afanes ni amargura.

Bueno, ahora es momento de concentrarme y enfocarme en los partidos, porque si hay algo común en el arbitraje, cuando a uno le va mal, son los afanes y la amargura, y la idea es que hoy sea un domingo feliz. La ruta en la bicicleta se ha convertido en un ritual previo a los partidos, donde aprovecho la soledad de los pedalazos para preparar la mente hacia las múltiples situaciones que se pueden presentar, de manera que tenga cabeza fría y tome las mejores decisiones cuando una jugada complicada así lo requiera.

El fútbol es un deporte que aún no dimensiona las pasiones que despierta ni es consciente del furor que genera. Los árbitros somos actores que deberíamos ser insignificantes dentro del engranaje y la dinámica del juego, pero la cólera que éste produce nos ha convertido en protagonistas. Además, la International Board (entidad que regula las leyes del balompié a nivel mundial) nos compromete en la primera página del reglamento: “en todas partes se siguen las mismas Reglas de Juego, ya sea en un partido de la Copa Mundial de la FIFA o en un encuentro infantil disputado en un pueblo remoto”. Así que nosotros, jueces aficionados que realizamos esta labor principalmente los fines de semana y que el resto de días debemos buscar el sustento por otros medios, que podemos dirigir hasta cuatro partidos un mismo día, tenemos que poseer los mismos conocimientos y la misma rigurosidad y asertividad en cada decisión que un juez FIFA que se dedica exclusivamente al arbitraje y dirige, por mucho, dos juegos a la semana.

Pero bueno, ya habrá suficiente quejadera en los partidos, así que no malgastaré minutos de mi ritual bicicletero lamentándome: todo lo contrario, debo agradecer por cumplir una función donde a pesar de ser un aficionado me van a exigir lo mismo que al más experimentado de los profesionales. Me enoja enormemente cuando algún jugador, con tono agrandado, le pregunta sardónicamente a otro que está desplegando un gran esfuerzo en el juego, “¿te estás jugando la final del mundo o qué?”, buscando desanimarlo, como si un partido pudiera afrontarse de otra manera, como si cada jugador tuviera una final del mundo garantizada y debiera guardar su mejor desempeño para ese día, cuando la realidad es que cualquier momento dentro de un campo de fútbol es digno de que quienes los jueguen dejen todo en la cancha, y los que lo dirigimos debemos estar a la altura, sea en Wembley, en el Maracaná, en el Metropolitano o en las canchas de arena de los pintorescos barrios de Barranquilla y nos paguen los miles de dólares en los partidos internacionales, los millones de pesos en el Fútbol Profesional Colombiano o los treinta mil pesitos en la Liga del Atlántico, que a veces no valen tanto sudor y tanto madrazo, pero de que sirven, sirven.

Arribo finalmente a la primera cancha, donde me corresponde un partido preinfantil y otro juvenil, y cumplo el correspondiente protocolo. Me cercioro que la hora de inicio coincida con la asignada, verifico que los arcos tengan mallas y las líneas del campo estén debidamente demarcadas, averiguo el color de los uniformes de los equipos para saber qué camiseta usar yo, ubico al delegado del torneo para indagar si hay camerino o dónde me puedo cambiar y, lo más importante, inspecciono todo el sector buscando tiendas o un CAI para diseñar mentalmente rutas de escape por si las cosas se ponen difíciles y toque huir buscando refugio de una turba iracunda que me persiga queriendo resarcir a golpes lo que su equipo no pudo conseguir en el campo de juego.

Cumplida esta parafernalia procedo a ponerme el disfraz para salir al terreno de juego. En estos partidos de niños el presupuesto es limitado así que no contratan árbitros asistentes, debo dirigir solo. Esto tiene una que otra ventaja, como que uno es dueño absoluto las decisiones y que los aficionados y jugadores comprenden que uno pueda cometer errores por tener que cubrir la totalidad de la cancha, pero la realidad es que meterse solo en ese tierrero hace que uno se sienta en cueros, a la deriva, sin respaldo ni apoyo de ninguna especie.

Para estas categorías menores, en el papel, no hay tanta necesidad de esa compañía. Qué lindo es entrar al terreno de juego y que los niños lo hagan sentir a uno como un intruso, un monigote que poco les gusta porque con su silbato, independientemente de a favor de qué equipo tome las decisiones, les interrumpe el juego, les corta el éxtasis que alcanzan sólo por el hecho de perseguir y patear el balón. Mientras me ubico para dar el pitazo inicial me enternezco al ver esas caritas emocionadas y expectantes porque por fin llegó el momento que tanto ansiaban.

Rueda el balón y comienza la locura de estos infantes, que de manera desorganizada e imprecisa, pero donde la gracia siempre prevalece, procuran alcanzar el anhelado gol en la cancha rival. La acción no se detiene ni un instante, ni tampoco la algarabía del entretenido público, que es testigo de niños que felicitan a sus rivales cuando inventan alguna jugada excéntrica, que celebran a rabiar cada gol conseguido, que tras una pelota que salió del campo confusamente me informan que ellos fueron los que lo sacaron, que le dan ánimos a uno del otro equipo cuando no logra convertir un gol, que juegan con el mismo ímpetu sin importar el abultado marcador en contra, que gesticulan exageradamente su admiración tras cada acción inesperada, que se preocupan desmesuradamente cuando alguno se lastima y le dicen que tranquilo, que tienen un tío que es médico y lo puede curar, que no les importa el inclemente calor, ni les fastidia el sudor, ni se incomodan con el barro, ni se lamentan por las heridas y los golpes sufridos, ni piensan en nada diferente a perseguir arrebatadamente el balón y experimentar ese momento sublime en el que se sienten como los ídolos que ven por televisión.

En una de tantas acciones confusas un niño le hace una falta fuerte a otro, que cae de bruces sobre la arena y yo inmediatamente sueno el silbato, pero el agredido no se da por enterado.  Con la misma velocidad con que cayó se levanta y toma el balón para seguirlo conduciendo hacia el arco rival, otros niños me miran confusos y pito varias veces más, pero el niño está en su cuento y tiene la atención fijada exclusivamente en la esférica, así que ahora los demás lo persiguen y ya ninguno me para bolas a mí. La tierna escena termina en gol y los entrenadores y aficionados, que al comienzo les gritaban que se detuvieran porque se había pitado una falta, ahora solamente ríen y aplauden. Espero a que terminen la celebración para explicarles que cuando el silbato suena el partido se neutraliza y el balón debe dejarse quieto, y qué tonto me siento mientras veo sus caras aburridas y desinteresadas escuchándome, ¡si son ellos los que deberían estarme dando lecciones a mí!  Yo tendría que estar atento a que me enseñaran a vivir de esa manera eufórica y descomplicada en vez de estar estresándome por bobadas, a disfrutar al máximo cada momento y a aceptarlo y gozármelo como venga, en vez de buscar maquillar y decorar la realidad sólo para que se vea bonita en una foto, a volver a tener esa capacidad de asombrarme por los pequeños detalles, habilidad que desechamos al volvernos viejos y creer que sabemos mucho, cuando la mayoría de lo que tenemos en la cabeza es basura que nos termina desgastando más de lo que nos beneficia, a concentrarme en las cosas que me gustan de cualquier experiencia, en vez de darle importancia a lo que me disgusta, obstaculizando voluntariamente mi camino hacia la felicidad, a no perder energía en peleas, orgullos, rencores, envidias, hipocresías y demás aspectos que jamás refleja un niño, pero que la sociedad poco a poco nos va contaminando y de adultos permitimos que invadan nuestra conducta. Qué diferente sería el mundo si fundamentáramos nuestro comportamiento en estas almas inocentes y llenas de originalidad. Le daríamos rienda suelta a lo que nuestro corazón nos dictara y siempre buscaríamos el bienestar colectivo, en vez de tratar constantemente de amoldarnos a los parámetros convencionales y de aparentar ser mejores que los demás a toda costa.

Finalizo el partido bastante contento por haber sido asignado a un juego de esta categoría, donde los partidos siempre deberían ser así de alegres. Lastimosamente no es así, debido a que cada vez hay más entrenadores que contaminan a los niños enseñándoles a reclamar, a fingir faltas, a hacer tiempo y otras mañas, y más papás que quieren vivir a través de sus hijos y no aceptan que cometan equivocaciones, lo que conlleva a un trabajo más difícil para nosotros. Dentro de la cancha suele haber felicidad y emoción, pero de la línea de banda para afuera salen reproches, gritos, insultos y un alboroto que posiblemente tenga la intención de apoyar a los niños, pero que en realidad termina incomodándolos, presionándolos y avergonzándolos. Todo deporte, además de buscar que quien lo juega se entretenga sanamente y se ejercite, debe ser un espacio donde se les permita desarrollar valores como la responsabilidad, la disciplina, la constancia, el compañerismo y el respeto, pero desafortunadamente cuando se presentan este tipo de comportamientos de familiares y entrenadores los niños terminan es aprendiendo los antivalores que ellos les reflejan.

Comienzo mi segundo partido del día, que es de una categoría juvenil, donde los jugadores son adolescentes. El día ha avanzado y el aumento de la temperatura exacerba el ánimo del público y contagia a los futbolistas, que comienzan a proferir insultos a compañeros y rivales, estropeando un ambiente de naturaleza festiva y alegre. Me veo obligado a detener el juego y hablar puntualmente con algunos jóvenes, a calmar a las barras y a sacar varias amarillas para tratar de apaciguar los ánimos. Finalizo la primera parte y me dispongo a descansar, pero un papá ofuscado me increpa beligerantemente, exigiéndome explicaciones por unas jugadas que ya ni recuerdo, como si yo quisiera a malgastar el poco tiempo con el que cuento para reposarme y ocultarme del sol discutiendo con alguien que no respeta ni a su propio hijo, creyendo que le demuestra amor buscando culpables y excusas por cada error que comete, en vez de enseñarlo a asumir sus fallas y a esforzarse más si quiere ser mejor.

No puedo olvidar que el destino me deparó ser juez en un deporte que a todos nos gusta y del que todos nos consideramos expertos. Qué sencillo y sabroso es opinar desde la cabina de transmisión, las gradas o el sofá de la casa sobre el pase que debía hacer tal jugador, la sustitución que tenía que ordenar el técnico o la decisión que le correspondía tomar al árbitro. Por eso es el deporte más popular del mundo. Así que no vale la pena entrar en un debate con este señor, que más que querer razonar conmigo, lo que desea es desahogar alguna rabia que pescó quién sabe donde, así que permiso mi amigo que me toca ir a diligenciar la planilla, o a entregarle unos carnets al delegado, o a pedir el favor que retiñan las líneas de la cancha o a ver si la marrana puso, pero no tengo tiempo de hablar con usted, y atrás se queda murmurando alguna maldición incomprensible mientras sigo mi camino hacia una esquinita con sombra donde me espera un taburete dispuesto a proporcionarme unos valiosos minuticos de descanso.

El receso de medio tiempo logró calmar los ánimos, así que la segunda parte está mucho más manejable disciplinariamente.  Sin embargo, el ímpetu de los jugadores es enorme y su desbordante energía parece no tener término, me toca correr de un lado a otro y diera la impresión que pueden seguir así por horas. Finalmente sueno el silbato para terminar el juego y me despido de los muchachos. Ahora debo buscar al delegado, que suele ocuparse quién sabe dónde en estos momentos, para que me pague mis primeros pesitos del día. Mientras me cambio y lo espero observo a los niños que estaban jugando y ahora comparten con sus familias. A fin de cuentas este es el plan del domingo para todos ellos y les encanta poder reunirse en torno a un campo de fútbol. Sería maravilloso que nosotros, los árbitros, no nos viéramos obligados a sufrir esta poblada soledad, donde estamos rodeados de un montón de gente pero la mayoría son extraños y algunos nos consideran personas poco deseables. Sin embargo, sería injusto venir con un familiar y martirizarlo obligándolo a escuchar todo lo que nos gritan y a que pasen una fuerte angustia cuando nos amenazan. Y menos aún traer a la pareja; desafortunadamente la sociedad barranquillera aún es demasiado machista y hay mucho primate que se cree con derecho de incomodar a cualquier mujer que vea sola, y donde se enteren que es la esposa del árbitro podrían ponerse más pesados con ella sólo por fastidiarlo a él, que ahora, además de tener que lidiar con 22 salvajes dentro del terreno de juego, tendría que preocuparse por lo que sucede afuera de él. 

Por fin llega el delegado a cuadrar cuentas y cuando me dispongo a marcharme a la siguiente cancha me aborda otro papá, aunque con actitud más amable que el bárbaro anterior. “Profe, usted cometió tres errores en el partido” me dice, pero antes que continúe y empiece a explicar las equivocaciones lo interrumpo tajantemente. “No señor, usted está muy equivocado, no me diga que cometí tres errores…cometí como quince, pero usted sólo me pilló tres”. Afortunadamente al señor le cae en gracia mi repentina confesión y pierde interés en puntualizar en cada error, sólo hablamos amistosamente un rato y luego me permite continuar con mi camino. Hay peleas que es mejor no pelearlas y resulta más sencillo y decoroso aceptar las fallas y seguir adelante.

Tengo tiempo suficiente para andar tranquilamente en mi bicicleta por las animadas calles curramberas, donde se ven expresiones alegres de personas que trabajan fuertemente entre semana, en muchos casos por un salario inferior al merecido, y ahora disfrutan de este día de descanso, ya sea para reunirse con familiares, para tertuliar con amigos y vecinos o para atender oficios religiosos. Saludo a algunos conocidos mientras avanzo hacia la próxima cancha, donde me corresponde hacer una asistencia y rematar la jornada oficiando como árbitro central, en un torneo para jugadores mayores de cincuenta años, donde participan varios futbolistas que finalizando el siglo pasado competían en la Copa Mustang (hoy Liga Betplay). 

Tomo la última curva para llegar y empiezo a respirar el inconfundible ambiente que rodea una cancha abierta en Barranquilla, que me recibe con Mo Guajiro en el primer bafle que escucho y me invade con su magnífico ritmo, obligándome a frenar la bicicleta y observar el hermoso paisaje mientras suena: “A la le lo lo ló, En el barrio se me quedó, un maletín de recuerdos, que como ellos no hay dos, no no no nó”. Y es que como no va a lamentar estar lejos alguien oriundo de un barrio como éste, que es un paraíso para la crema y nata futbolera y mundana de la ciudad, con todos esos parlantes toteando éxitos salseros, donde no faltan las señoras cucharón en mano sirviendo totumados de sancocho o de mondongo, el vendedor de butifarras que camina de un lado para otro golpeando la ponchera con el cuchillo para anunciarle su llegada a los hambrientos espectadores, y se cruza con la señora de los bolis, que deambula entre el gentío confiada en que el exasperante calor va a hacer irresistible su producto, a menos que la anticipe el del carrito de raspados o el del guarapo. Bajo la sombra de los palos de mango, entre estrepitosas carcajadas departen los jugadores de los primeros partidos, apoltronados en centenares de sillas rímax o en canastas vacías de cerveza, aún con el uniforme puesto, la cara colorada y alguna herida abierta producto de un raspón, que deja ver la sangre seca amelcochada con la arena de la cancha, dando un apariencia purulenta, pero que el portador la luce orgullosamente como cicatriz de guerra. Los acompañan algunas de sus esposas, bastante emperifolladas para la ocasión, que se abanican permanentemente para que el sofocante calor no les opaque la fachada. También están presentes los vecinos de la comunidad, que iban a la tienda o a dar una vuelta cercana, pero terminan dejándose enredar ya sea por el partido o por el festín que lo rodea, y comentan efusivamente cada plancha y cada choque, e inclusive le gritan a los jugadores y a mi colega cuando consideran que se equivoca.  También están presentes los loquitos de la zona que animan a los espectadores con su baile arrebatado y sus impredecibles ocurrencias.  Frías vienen, frías van en este singular panorama musical y deportivo que recrea todos los aspectos de la cultura popular de la arenosa, donde algunos me reconocen y me saludan a mi llegada, bromeando sobre algún penal que quieren que le sancione, mientras otros me voltean la cara, seguramente por un partido remoto que no les gustó como lo dirigí.

Me encamino a la pequeña habitación que tenemos asignada como camerino, la guarida donde podemos aislarnos temporalmente del estrafalario exterior que impide la tranquilidad y la concentración necesarias antes y a veces también después de los partidos. Indago el tiempo jugado del partido actual, aún resta bastante así que aseguro el maletín y la bicicleta y salgo en busca de una buena ración de sancocho, que me tomo mientras veo el encuentro. Hay un gol anulado por falta ofensiva del delantero y los suplentes de ese equipo, tras reclamarle al árbitro central y al asistente de ese costado se dirigen a mí, en el colmo de su desesperación, pretendiendo que yo, totuma en mano y aún de civil, me meta a la cancha a desautorizar la decisión a favor de ellos. Para evitar polemizar me hago el distraído con el almuerzo, ocupado batallando con el hueso de una costilla que no se deja roer, y, haciéndome el desentendido aún, escucho algunas de esas frases que para nosotros son más comunes que los discos del Burro Mocho en carnavales: “siempre es lo mismo con ustedes”, “se la tienen dedicada a nuestro equipo”, ¿Cuándo pitarán una a favor nuestro?”, “No pedimos nada regalado, pero que tampoco nos quiten” y otras más donde se autoproclaman como víctimas inmaculadas, donde son los pobrecitos a los que los árbitros nos preparamos toda la semana para perjudicar con nuestras decisiones. Si tan solo supieran que los jugadores del bando contrario tendrán la misma sensación al finalizar el partido. Bien dijo el maestro uruguayo Eduardo Galeano que el árbitro es la “explicación de todas las desgracias” y que “los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él”.  

Es triste que algunos jugadores nunca dejen de señalar a un árbitro que consideran que perjudicó a su equipo e inclusive días después del encuentro, si se lo topan en algún lado, le sigan recriminando y hasta ofendiendo. Los jueces partido a partido y madrazo a madrazo vamos construyendo una coraza a prueba de insultos de aficionados y jugadores.  Cuando comprendemos que esas injurias no van dirigidas a nosotros como personas sino a lo que representamos como árbitro y cuando abandonamos ese orgullo estúpido de creer que tenemos que responder a cada improperio que recibimos, nos dejamos afectar mucho menos.  Pero que uno salga a la calle a desarrollar su vida cotidiana y que se encuentre a una persona que insiste en ultrajarlo y humillarlo es un tema grave.  Hay casos de colegas que han tenido que trastearse de la casa porque tienen vecinos que no los dejan vivir tranquilos, culpándolos por el descenso del equipo de sus amores o por algún campeonato perdido.

Termino el sancocho y voy a alistarme al camerino, donde se encuentran los dos compañeros con los que voy a trabajar hoy. La relación con los otros árbitros es bastante particular. Por un lado hay muchas jugadas y situaciones de juego en que hemos estado en desacuerdo, e inclusive con algunas actitudes que trascienden a conflictos permanentes, toda vez que el arbitraje indefectiblemente forja un carácter fuerte en nosotros, y de ahí a volverse testarudo hay un paso muy corto. Sin embargo, existe un factor que está por encima de cualquier desavenencia: el sentido de supervivencia. Cuando uno se mete a un campo de fútbol a torear personalidades tan volátiles, el sentimiento de solidaridad supera cualquier tipo de hostilidad existente con los otros colegiados, uno sabe que debe defenderse a muerte entre los miembros de la terna arbitral. Con el pasar de los años se van estrechando lazos y formando amistades profundas y muy significativas. Y es que es imposible que no se aumente la confianza cuando en muchos casos toca utilizar una camiseta prestada, debidamente aromatizada por el sudor de 180 minutos corriendo al rayo del sol, o cuando toca compartir un silbato que acumula la saliva de decenas de partidos.  Por supuesto, surgen millares de anécdotas con estos camaradas, que también deben tener la teja medio corrida para haber elegido esta profesión, y con los que jamás nos cansaremos de discutir decisiones y de compartir trucos que la vida y las canchas nos han enseñado.

Es que para ponerse el disfraz de árbitro y meterse a la candela es necesario gozar de una buena forma físico atlética y tener un vasto conocimiento de las Reglas de Juego, pero también toca tener calle, porque va a haber veintidós jugadores astutos tratando de burlarlo a uno, así que hay que ser más vivo que todos ellos, o por lo menos aparentar serlo. Toca que se sientan observados en cada momento del juego y sigilosamente vigilados cuando protagonicen acciones decisivas. En muchos casos una mirada taimada con un gesto socarrón son más efectivos que una tarjeta amarilla para controlar a un delantero queriendo fingir penales, unas palabras fuertes en el momento justo pueden atajar a un volante de marca sobrerevolucionado, la omisión manifiesta de una falta evidente puede mandarle un mensaje claro a un jugador desobediente, una infracción inventada puede evitar que unos roces leves se conviertan en un problema mayor, algunas veces un chiste con un comentario amable pueden calmar a dos rivales buscando camorra mientras que otras veces hablarles golpeado, mirarlos feo y retarlos a que se peleen es lo que los acobarda y hace que se dediquen a jugar, en ciertos casos una mueca compasiva al expulsar un jugador, que le exprese que uno no quiere hacerlo pero que la situación lo obliga, suele evitar que el sancionado se irrite exageradamente, y hay muchas artimañas más que partido a partido se van aprendiendo y que presentan cierto riesgo al aplicarlas, pero considerando que el fútbol es un deporte totalmente impredecible, es más peligroso limitarse exclusivamente a lo que establecen las diecisiete leyes de juego.

Bromeamos y mamamos gallo con los compañeros de causa a la vez que nos uniformamos con las camisetas negras, características históricamente en los jueces, que nos servirán para los dos partidos, puesto que a ninguno de los cuatro equipos se le ocurrió jugar con franelas oscuras y asarse durante cada partido del campeonato. El amigo que va a oficiar de central en el primer juego nos marca las pautas generales de lo que espera de nuestras asistencias, nos pide mucha concentración, prudencia en los fuera de lugar, apoyo en las acciones cercanas a nosotros y mucho contacto visual antes de tomar decisiones trascendentales que deban ser tomadas en conjunto. Carecemos de auriculares y sistemas electrónicos de comunicación, pero hemos optimizado un método para entendernos a punta de miradas a tal punto que pareciera que nos conectáramos telepáticamente. No debo olvidar que el responsable de este partido, el dueño de la acción y la intención, es el central, y yo debo limitarme a asistirlo, sin pretender una autoridad que no me corresponde, así me considere un mejor árbitro que él.

Llegamos al círculo central y comienzan a acercarse los jugadores para presentarnos su carnet y quedar legalmente inscritos en el partido, en tanto que la fiesta sigue en las afueras de la cancha, o las múltiples fiestas mejor, porque mientras avanza la tarde más personal se traslada de la arena del campo de juego a las comodidades del bordillo. Es difícil observar este marco sin sentir cierta envidia, y es que ¡a quién no le va a gustar la bohemia popular barranquillera! Pero esta labor nos exige niveles de concentración mental y de despliegue físico inalcanzables con guayabo, y la deshidratación que produciría una chapetera la noche previa provocaría un malestar intolerable en estas condiciones climáticas.

Mejor desechar esos pensamientos y entretenerse saludando a los simpáticos jugadores que van arribando y representan una colorida diversidad, característica de esta categoría plus 50. Podemos ver señores cuyo semblante aparenta ser el de alguien mucho mayor, la piel amarillenta y los ojos venosos delatan una vida carnavalera que les está pasando factura. Por otro lado hay unos bastante vanidosos que han sabido cuidar su aspecto para mantenerse jóvenes y lo acompañan con cortes de adolescentes que hacen dudar que cumplan con la edad mínima para participar en este torneo. También están los que han tenido una vida laboriosa, en trabajos de construcción o en el campo, y su rostro lo asevera con la piel curtida y la pequeña sombra azabache que se forma en los pómulos de aquellos que se exponen al sol diariamente. Igualmente juegan algunos que en ciertas temporadas de su vida fueron bandoleros y les quedaron de recuerdo varias cicatrices faciales, que atestiguan el valor de haber podido enderezar su rumbo y hacer parte ahora de estas actividades en comunidad.

Si hablamos de bandidaje, hay historias que vinculan este tipo de torneos con situaciones ilegales. Se cuchichea en los alrededores del campo sobre criminales que han utilizado estos campeonatos de cancha abierta como coartada, ya que van a jugar un partido, se inscriben con su documento y comienzan a jugar, pero en cierto momento abandonan la cancha disimuladamente para irse a hacer la “diligencia”, sin ser sustituidos, dejando al equipo con un jugador menos. Antes de finalizar el tiempo regresan para terminar de jugar el partido, y semanas más tarde cuando lo investigan por el crimen cometido, muestran la planilla de juego que testifica que en ese horario estuvieron en tal cancha disputando un encuentro de fútbol.

Pero olvidemos estos aterradores temas. Si la pluralidad en la fisionomía de los jugadores es supremamente variada, el somatotipo no se queda atrás. A algunos la buena vida y el sedentarismo que solamente abandonan en el partido semanal les ha hinchado el abdomen al punto de quedar forrados apretadamente por la tela del uniforme, mientras que hay otros desgalamidos cuya camiseta parece estar colgada de un gancho y no se comprende el elástico de la pantaloneta a qué se aferra para no caerse al piso. Hay otros gigantones de contextura mesomorfa que además casi no se les ve el cuello y tienen la cara cuadrada, que más parecen soldados que jugadores de fútbol. Sin embargo, ninguno de estos rasgos son confiables para predecir su nivel deportivo, inclusive hay algunos que caminan como patulecos y tienen las rodillas enrolladas grotescamente con vendas, dejando la impresión que de retirarlas el fémur cogería para un lado y la tibia y peroné para otro, pero una vez arranca el partido no necesitan desplazarse mucho, porque fácilmente resuelven a un solo toque cada que la pelota se los solicita.

Se aproxima el inicio del partido así que busco la línea de banda que me corresponde, débilmente marcada por trazos discontinuos y curvilíneos de cal que prometen desaparecer del todo si el encargado no los retiñe prontamente. Me tocó en el lado donde pega de frente ese sol fulgurante que promete fatigarme la vista a lo largo del partido, porque no se avisora ninguna nube dispuesta a obstaculizarlo al menos durante un rato. Pero no me quejaré del sol, prometí no hacerlo desde una temporada de lluvias torrenciales en la que durante muchos fines de semana tocaba saltar charcos, trepar tapias y hacer malabares para evitar arroyos y llegar a la cancha a tiempo, solamente para que nos dijeran que el campo no estaba apto y el partido debía ser aplazado y nos tocara devolvernos a la casa con los zapatos mojados y las manos vacías. 

Rueda el balón y ubico al zaguero central que será el penúltimo defensor permanente con el cual me tocará estar en línea. Ojalá no sea uno de esos flojos que para evitar que el delantero reciba la pelota en vez de tratar de anticiparlo se limita a levantar la mano y a mirarme, pretendiendo que siempre eleve la banderola para evitarle la fatiga de perseguirlo. Se presenta la primera situación en que un delantero recibe el balón en posición dudosa, pero reglamentaria, así que fuertemente grito “¡juegue!” y sigo la línea del balón, que el atacante envía tres cuadras más abajo. Entre las risas del público por la malograda definición aparecen también los reclamos de un lateral, que asegura que vio perfectamente la jugada y que debí haber sancionado fuera de lugar. Los jugadores no cuentan con que muchos de nosotros somos futbolistas frustrados y sabemos perfectamente que si un defensor está bien posicionado, perfilado para referenciar al delantero que debe marcar mientras observa al poseedor del balón, le va a resultar absolutamente imposible saber si hay posición irreglamentaria o no. Rara vez alguien dentro del campo de juego tiene la perspectiva óptima para determinar esto, pero es más extraño todavía que antes de asumir la culpa por un mal marcaje no le endilguen la responsabilidad a uno, que está ubicado estratégicamente con ese objetivo.

Detrás mío hay bastantes personas sentadas viendo el juego, pero apenas ahora identifico que algunos de ellos son los suplentes de este equipo y me invitan a ignorar sus reclamos, indicándome que a su compañero le gusta quejarse por todo. Me fijo y efectivamente, empieza a protestarle a sus compañeros porque sí o porque no, acusa al delegado porque la cancha está en mal estado, dice que al balón le falta aire, durante el receso de hidratación se fastidia porque la bolsa de agua no está lo suficientemente fría y seguramente andará por la vida reclamando cada vez que tenga chance, incomodando a todo el que pueda. En un partido de fútbol muchos jugadores desnudan su personalidad y exponen sus peores defectos, por eso será que los árbitros terminamos actuando como psicólogos para intentar comprender y moderar su comportamiento, como ahora con este amargado amigo que encuentra en la quejadera y el autosufrimiento su razón de ser en este mundo.

El juego continúa con un ritmo lento y algunos de los suplentes tratan de influenciar mis decisiones en las pocas jugadas en las que debo participar.  Caigo en cuenta de lo poco que me afecta esta presión ahora, en comparación a lo mucho que me alteraba cuando dirigí mis primeros partidos.  En todas las labores la experiencia es fundamental, pero creo que en pocas es tan significativa como en el arbitraje.  Para todos nosotros los primeros partidos producían muchos nervios e inseguridad y nos atontábamos con cualquier reclamo o intento de engaño de algún jugador.  El temor de la primera expulsión es una sensación difícil de olvidar.  La bendita necesidad que tenemos de complacer a las demás personas complicaba una decisión que nos iba a hacer quedar como tiranos.  Sin embargo, poco a poco se fue forjando el carácter y se fue puliendo el criterio, y aunque me siga equivocando cada vez consigo impedir de mejor manera que haya factores externos que se involucren en mis decisiones.  Es satisfactorio notar que estos elementos que el arbitraje nos enseña, a las buenas y a las malas, impactan también en nuestro día a día.  “Se arbitra como se vive” dicen nuestros instructores, sentencia muy cierta, sobretodo considerando que cada partido nos vuelve personas más calmadas, tolerantes, nos reduce el pánico escénico, nos mejora nuestra capacidad de expresión y comunicación, incrementa nuestra templanza y otra serie de atributos que sólo se pueden potenciar en estas labores que implican la relación permanente con personal de todo tipo y estilo.

Mi compañero finaliza el primer tiempo, que no estuvo muy movido ni me puso a correr tanto, aunque me dejó el hombro izquierdo agotado por tener que flexionarlo para elevar la mano y taparme los rayos del sol permanentemente. Nos encausamos a la tienda habitual del santandereano que nos fía la gaseosa hasta que terminemos la jornada y nos reposamos un rato mientras conversamos con algunos conocidos de otros equipos, ya bastante entusiasmados gracias a tanto ron y cerveza que se reparte apenas se abandona la cancha. Entre risotadas y abrazos prometen no molestar tanto de ahora en adelante para facilitarnos el trabajo.  Algunos instructores recomiendan relacionarse lo menos posible con los jugadores por fuera de la cancha, ya que esto se puede prestar para eventuales malinterpretaciones.  Nosotros cumpliremos la función de fiscales con ellos, así que cualquier exceso de confianza puede resultar nocivo.  Sin embargo, la amabilidad y gracia popular entre los costeños hace difícil que uno no se involucre socialmente con algunos de ellos cuando los tiene que ver cada fin de semana.  Dentro de este escenario popular los jueces somos figuras públicas y como tal es conveniente tener más amigos que detractores y gozar de la simpatía de los jugadores. Por más que hagamos como si nos diera lo mismo, todos preferimos esto y sabemos que la forma de conseguirlo es desempeñándonos de la mejor manera posible. 

El tema es que la evaluación del rendimiento de un árbitro es muy relativo y además de los factores deportivos también influyen otros extra futbolísticos. El juez representa la ley dentro del terreno de juego, y así como un policía puede abusar de su posición y un profesor se puede comportar autoritariamente con sus alumnos, nosotros también estamos expuestos a caer en el error de mal utilizar esos poderes que nos confiere la Ley 5 del Reglamento de Juego y pasar de árbitros a arbitrarios. No en todo momento logramos tener la claridad mental para evitar que situaciones personales o que obedecen al entorno se involucren en nuestras decisiones. Además, solemos pasar por momentos en que nos descuidamos en la parte física y tampoco estamos atentos a repasar el reglamento y las recomendaciones de nuestros instructores arbitrales, cuestión que se plasma en los partidos.

En el camino de regreso a la cancha siguen apareciendo personalidades importantes y reconocidas dentro del ecosistema futbolero de la ciudad, que no es tan amplio en esta categoría, así que todos se conocen con todos y no pierden la oportunidad de compartir los fines de semana, algunas veces como jugadores y otras como espectadores, pero siempre disponiendo de varias horas para el tercer tiempo. Algunos prefieren disputar una partida de dominó en vez de ver el juego y otros aprovechan el gentío para rebuscarse con una rifa u otro tipo de emprendimiento personal, sobretodo aquellos que viajan entre semana por motivos laborales a otros municipios y traen queso de Pivijay, suero de Chinú y hasta galletas chepacorinas del Carmen de Bolívar para ofrecer a sus amigos.

Me ubico nuevamente en la línea de banda, que afortunadamente remarcaron con cal, y me preparo para el segundo tiempo, que espero que esté más entretenido que el primero. Esos partidos sosos lo duermen a uno y las múltiples distracciones alrededor de la cancha se convierten en llamativas opciones que nos desconcentran del juego, y como el fútbol es traicionero, en cualquier momento el encuentro intensifica su ritmo y alguna jugada lo agarra mal parado a uno. Afortunadamente así es y el cotejo comienza más animado y mi nueva línea defensiva aparentemente va a jugar al fuera de lugar, algo poco común en esta categoría y que me garantiza una corredera permanente y muchas jugadas discutidas. Como los defensas se estacionan cerca de la mitad del campo, ante cada balón profundo al vacío debo esperar a que el delantero inhabilitado haga contacto con el esférico para levantar la banderola, no sea que a algún fogoso volante le dé por atacar ese balón y deba dársele continuidad a la jugada. Ese tipo de demoras generan confusión en los jugadores defensivos, que dudan entre correr o no por la pelota, sobretodo en aquellos de baja condición física que procuran ahorrar cualquier esfuerzo posible, y en los que no se han molestado en actualizarse con las modificaciones de las reglas y pretenden que uno regule el partido según aquéllas que aplicaban hace veinte años, cuando ellos jugaban en la profesional y el fuera de lugar se sancionaba solamente con que alguno se encontrara en posición irreglamentaria, sin ser menester que tocara el balón.

Como el partido ha incrementado su ritmo los suplentes y el público empiezan a participar y a interactuar más y algunos ya no permanecen sentados en sus banquetas improvisadas de piedras, tablas, ladrillos y troncos sino que se agolpan sobre las rayas intermitentes de cal, a veces inclusive dentro de la cancha, obstaculizándome la visual en ciertos balones e interfiriéndome el tránsito, principalmente cuando debo arrancar a gran velocidad de un momento a otro para seguir la línea de una pelota enviada al fondo y casi termino estrellándome con ellos. El agotamiento se plasma en el rostro de los jugadores, que ya no corren tanto ni se posicionan donde les corresponde, así que el juego tiende a desorganizarse y prevalece más el ímpetu y las ganas que la calidad. Procuro siempre mirar la línea del penúltimo defensor y guiarme por el sonido producido al patear el balón, para identificar el momento justo en el que debo evaluar si la posición es legal o no, pero hay varios momentos en que, además del fuera de lugar, me toca estar pendiente de apoyar al central con posibles faltas cerca de mi zona y también viendo si el balón sale o no de los límites del terreno de juego y a quién corresponde la reanudación, así que necesito como cuatro pares de ojos para poder observar todo esto y además un par de ayudantes para que muevan a la gente y les ofrezcan las explicaciones pertinentes ante cada decisión que cuestionan.

Un centro de costado aterriza en la cabeza de un delantero solitario dentro del área penal y marca un golazo totalmente legítimo tras el cual todos clavan su mirada en mí, para ver si le indico al central que lo anule. Este tipo de jugadas, en las que cuando sale el pase el anotador se halla claramente habilitado, pero que se desplaza durante el trayecto del balón varios metros y lo recibe por allá delante, íngrimo, sin referencia alguna de un defensor, va a parecerle fuera de lugar a todos los presentes, menos a uno, que es el encargado de tomar la decisión. Así que apenas se infla la red salgo disparado por mi línea de banda hasta la mitad del campo, para que no quede duda de la validez del gol. Esta reacción enérgica ayuda a mermar los reclamos, que de todas maneras se dejan escuchar, pero el único que lo hace alevosamente es el zaguero central que debía marcar al goleador y que se gana que mi compañero lo pinte de amarillo.

No falta el simpático espectador que bromea con que debemos analizar la jugada con el VAR para verificar si tomamos la decisión acertada. Afortunadamente este torneo lo integran personas que han jugado fútbol toda la vida y no se dejan descrestrar por las supuestas ventajas que presenta ese sistema. El fútbol aficionado seguirá inmune a esas pausas que parecen eternas donde supuestos expertos discuten sobre alguna decisión, como si no comprendieran que el fútbol es el deporte más hermoso del mundo precisamente por ese sinnúmero de situaciones impredecibles, por esas acciones inéditas que se presentan en cada juego y que no se pueden encasillar de manera exacta dentro de las reglas de juego. Parece que quisieran cuadricular el fútbol, pero esto no es posible en un deporte donde el esférico no puede manejarse con las extremidades superiores, que son las partes del cuerpo humano encargadas de manipular objetos, y al tener que controlarlo y conducirlo con el resto del cuerpo lo expone a imprecisiones permanentes de las que se desprenden sucesos imposibles de intuir, que impiden determinar con total certeza cada jugada como falta o no falta, mano o no mano e inclusive hace que los fuera de lugar sean debatibles. Muchas son las dudas que han quedado después de varias decisiones tomadas con ayuda del VAR y muchísimo el tiempo que se ha perdido esperando a que le den vueltas a la jugada. Pero eso parece no importar, en el afán de robotizar el fútbol no preocupa que pierda la característica de ser de los pocos deportes donde el reloj nunca se detiene, generando un ritmo vertiginoso.  Esas pausas frecuentes donde el balón está muerto fastidia a espectadores y jugadores, que lucen desesperados mientras se enfría el ritmo del juego. Seguramente empezarán a amenizar esas interrupciones con pautas comerciales y propondrán que se aproveche el espacio consumiendo algún producto y así poco a poco los aficionados tendremos que acostumbrarnos a esa invasión de la tecnología, que además ha traído esas celebraciones insulsas donde tras cada gol surge la incertidumbre por su posible anulación. Pero así como la virtualidad nos ha adiestrado para expresar lo que sentimos a través de emoticones, stickers, gifs y demás convenciones digitales, también aprenderemos a estandarizar la emoción del gol de alguna manera mediocre, así que aquél estrepitoso e incontenible rugido que alcanza a marearnos y a dejarnos sin voz, muchas veces acompañado por lágrimas, que hace que nos abracemos con cualquier desconocido, que derramemos al piso lo que tengamos en la mano, que nos arrodillemos, nos botemos al piso o hagamos cualquier otra estupidez y nada nos importe porque el júbilo es superior a la vergüenza y la pena, eventualmente se convertirá en un recuerdo de antaño, junto con el tensionadito bacano que sentíamos antes de marcar el número telefónico de la niña que nos gustaba y no estábamos seguros si se acordaba de nosotros o con la preocupación al llegar a la hoja del periódico de los obituarios y leer uno a uno el nombre de cada fallecido, esperando no encontrar a alguien cercano.

Los jugadores del equipo que sufrió la anotación se enloquecen buscando el empate y dan ventajas en su zona defensiva, por lo que terminan recibiendo dos goles más y abandonan en seguida el campo de juego, a pesar de que aún quedan algunos minutos por jugarse. Así que me retiro de la línea hacia el centro del campo y le entrego la banderola al que estaba de juez principal, mientras los futbolistas se despiden educadamente, pero nunca falta el que quiere darle cátedra al central de lo que debió haber hecho. Un jugador que conocemos de tiempo atrás y sabemos que no puede manejar ni sus propios sentimientos pero ahora pretende explicarnos cómo debimos haber conducido el partido. Espero que se marche y saco mi silbato del bolsillo para sonarlo por primera vez, invitando a que ingresen los jugadores del nuevo partido al terreno de juego, donde la arena está bastante irregular y es común encontrar piedras y desniveles. Por eso los jugadores costeños se caracterizan por un gran control y manejo del balón, se crían en estas canchas donde el balón de desplaza caprichosamente y se necesita ser muy hábil para poder dominarlo. 

Comienza el desfile de estos personajes, algunos que en su día a día manejan una actitud taciturna e inclusive parecen atolondrados, pero apenas empiezan a jugar pareciera que se les metiera el demonio y actúan como si hubieran no entrado a una cancha de fútbol sino a una corraleja, porque siempre andan inquietos, enérgicos y conflictivos. Otros de los que pasan por esta pasarela rocosa aprovechan para medirle el aceite a uno y buscan, ya con un saludo extremadamente afectuoso, ya con una felicitación por el partido previo, ya con una pregunta rebuscada de alguna situación donde el objetivo es mostrar su amplio conocimiento sobre el reglamento, ya con un comentario donde exponen su influencia dentro del Comité Organizador, que cuando se vaya a tomar una decisión dividida la balanza se incline a favor de ellos. Aunque la mayoría de jugadores simplemente se comportan como lo hace la gente en esta encantadora región caribe y llegan saludando y bromeando con sus voces estentóreas, su desparpajo y su alegría inconfundible. 

Algunos de ellos trabajaron fuertemente toda la vida y lograron la prosperidad financiera ya entrados en el quinto piso, así que se encuentran en el pico de su vida y este es uno de los espacios que más disfrutan. Otros, en cambio, nunca fueron disciplinados y morirán “mondaos”, pero como más sabe el diablo por viejo que por diablo, lo que no tienen de patrimonio lo poseen en conocimiento sobre la vida y se la saben gozar sin darle importancia a algo tan engañoso y vacuo como el dinero. Siempre se les ve alegres y rodeados de amigos, con la imperturbable tranquilidad que jamás tendrá alguien cuya prioridad en la vida es la plata. Esta ceremonia previa al juego es no solamente entretenida, sino motivante, ya que se puede compartir un rato con estos señores que demuestran lo engañado que está uno al creer que la vida se va volviendo aburrida a medida que va avanzando, porque uno los ve en su total plenitud, más vivos y rozagantes que nunca. Pero como no todo es dicha entre los últimos en presentarse aparece un jugador famoso porque siempre llega despilfarrando bendiciones, ofreciendo oraciones y elevando tantas plegarias que serían suficientes para transformar el presente más ruin en un paraíso incólume, pero que apenas comienza el partido empieza a jugar de mala fé y a maldecir cada vez que sucede algo que no le gusta.  Como árbitros no deberíamos predisponernos ante ningún futbolista por cómo se ha comportado en partidos previos, pero qué difícil resulta eso con ciertos personajes.

Doy el pitazo inicial y no necesito ni treinta segundos para percatarme que son dos equipos encopetados con jugadores muy técnicos y competitivos. He tenido un buen rendimiento en mis presentaciones en las semana previas, por eso me habrán designado para este crucial partido, antes de que se me acabe la buena racha. Porque a los jueces nos pasa como al más efectivo de los goleadores, que en ciertos momentos de su carrera sufre sequías inexplicables. El propósito es dirigir óptimamente para responder a la confianza que me dieron y para afianzar al colegio arbitral en este campeonato, que está cerca de culminar y el Comité Organizador podría contemplar un cambio de jueces para el próximo.

En uno de los costados del campo donde no hay asistente dos rivales disputan un balón férreamente, forcejeando legalmente al principio, pero a medida que permito que avance la jugada empiezan a jalarse y a agarrarse, así que sueno el silbato para neutralizar, pero mantienen el manoseo y ahora empiezan a retarse a pelear, no dejándome más opción que pegar carrera hacia donde se encuentran y repetirles el silbato con toda mi fuerza tres veces más casi encima de ellos, que quedan aturdidos por el estridente sonido, olvidando por completo la pelea. Termino de separarlos sintiendo su mirada recriminatoria por estallarles los oídos con el pito, pero resultó más efectiva esta solución que tarjetearlos. Sigue el juego y en cada balón disputado ocurren situaciones similares, con forcejeos exagerados y brusquedad innecesaria, así que me toca empezar a cortar mucho el partido.

Nuestra intención generalmente es darle continuidad a las jugadas. De hecho, el punto más alto posible para un árbitro es cuando se anota un gol posterior a una norma de ventaja. Tanto así que a Mike Dean, colegiado inglés que tuvo la escarapela FIFA, más de una vez lo traicionó la emoción y celebraba en plena jugada cuando un equipo marcaba un tanto después que él hubiera otorgado la norma, confundiendo a los espectadores que consideraban que festejaba por ser hincha del equipo. Pero acá no me están dando opción, si intento dar continuidad me expongo a que como consecuencia de un jalonazo prolongado haya una reacción violenta y se me complique el partido. Prefiero seguir sonando el silbato preventivamente por otro rato, con seguridad se aburrirán pronto y empezarán a jugar más y a pelear menos.

Efectivamente, el tiempo avanza y ahora prevalece la técnica sobre la rudeza. Tengo el privilegio de ser testigo fidedigno de una serie de lujos, tacos, túneles, controles, caricias, amagues y otro tipo de firuletes que evidencian el talento de estos añejos fubolistas, para el deleite en las tribunas que cada vez cuentan con más curiosos. En algunos casos me pasa ese balón Mikasa coquetamente por delante y me gustaría por un momento no ser árbitro y poder patearlo así fuera para mandarla al barrio vecino. Pero olvido esta fugaz frustración y me incorporo de nuevo en mi función. Estos son los momentos sabrosos del arbitraje, cuando hay buen fútbol en la cancha y buena fiesta alrededor de ella. En el partido anterior, que estaba clavado en una línea, apenas disfrutaba de la música y la alharaca de ese sector. Ahora en cambio me paseo por los siete mil metros cuadrados de arena y piedras y me doy el gusto de visitar momentáneamente los múltiples ambientes que han tomado vida en cada recobeco que rodea el terreno de juego. Me acerco a un tiro de esquina y escucho que “ahora viene La Conspiración tocando Oriza” en un bafle enorme ubicado en la terraza de una vecina cambambera que disfruta el domingo junto a su familia. Cobran el córner y tras un rechazo se genera un contra ataque y dibujo la diagonal para atravesar la cancha y ahora en la cuadra contraria disfruto a Ismael Rivera con Cortijo y su Combo, “Hoy es Sábado mañana es día de fiesta, esta noche yo me voy a emborrachar”, y aunque el grupo del Sonero Mayor no atinó al día, sí le dio al clavo en las demás aseveraciones de la canción, que suena en el potente parlante de un carro parqueado a un costado con varios jugadores del partido anterior alrededor tomando Old Parr, y mientras sigo recorriendo la cancha no ceso de agasajar los oídos con otros éxitos salseros y verbeneros infaltables dentro de este contexto deportivo y social.

No sé en qué momento avanzó tanto el partido, pero se me pasó el momento de la pausa para hidratación, que en el rostro de los jugadores se evidencia que es necesaria, así que la anuncio apenas sale un balón por la línea de banda. A mí también me sirve el descanso, ya siento el agotamiento producto de todo un día corriendo y aguantando sol. Me acerco a donde uno de los vendedores de agua, que se iba impacientando por la demora del receso, ya que en ese espacio incrementa aceleradamente sus ventas, y me lanza una bolsa en agradecimiento. Un sujeto con la borrachera en pleno, que se encuentra solo porque lo han ido rechazando de los diferentes círculos de amigos donde ha llegado a fastidiar, me recrimina groseramente por algunas jugadas que solamente existieron en su disparatada cabeza. No le presto más atención a las vociferaciones del turuleto espectador, pero sí me genera interés la simplicidad con que decidió ofenderme específicamente a mí. El tema es que un árbitro de fútbol es señalado constantemente por cada suceso negativo que le ocurre a un equipo y eso ha hecho que todos llevemos el sanbenito encima de ser portadores de malas noticias, ganando una mala popularidad entre el aficionado común. Además, así como los casos conocidos de policías sobornables, militares depravados y políticos corruptos ha enlodado la imagen de todos los que sí trabajan honestamente en esas instituciones, las coyunturas de árbitros vendidos e incompetentes han perjudicado la imagen de todo el referato, a tal punto que muchas personas consideren que es permitido insultarnos y convertirnos en blanco común de blasfemias. Pero dejemos estos temas a un lado, que se supone que el descanso es de minuto y medio y ya va para tres, debo llamar a los jugadores que en teoría no deberían haber salido del terreno pero que están descansando del sol debajo de árboles y toldos exteriores a la cancha.

Reanudo y casi en seguida se presenta una infracción temeraria de un volante que ya había cometido dos faltas así que lo amonesto con un ademán desmesurado, contrario a las indicaciones que me han dado mis tutores arbitrales. La manera de señalizar es muy importante en nuestra labor, se recomienda que se haga de manera elegante, pausada, demostrando autoridad e inclusive un poco de soberbia. Cuando se va a mostrar una tarjeta uno debe ubicarse a una distancia prudente del castigado, sobretodo si el cartón es rojo, y enseñársela firmemente pero con tacto, ya que la idea no es alimentarle más la rabia que trae, sino tratar de calmarlo. Además, si se hace de manera lenta uno se controla y evita enredarse. Todos los jueces contamos con anécdotas de primiparadas de este tipo, porque así como alguien que está aprendiendo a conducir por su afán mueve las manos erráticamente y en vez de tomar el timón termina golpeando las palancas y mueve el parabrisas o prende las luces, a mí la prisa y los nervios me han jugado malas pasadas y se me han caído las tarjetas, he agarrado mal el silbato atascándole el sonido, se me ha enmarañado el lápiz en el bolsillo e inclusive una vez me confundí y, en vez de sacarle la amarilla a un jugador, le mostré la minuta blanca en la que anoto la información del partido.

Llega el momento de finalizar el primer tiempo, justo cuando se estaba tornando hostil nuevamente.  En el camino de salida un jugador se acerca y me felicita, afirma que conmigo siempre tienen garantía.  Le agradezco, pero la verdad es que hace unos años hasta le hubiese creído, pero las canchas me han enseñado que hay pocas cosas más efímeras en la vida que un elogio de este tipo.  Muchas veces me ha sucedido que me ponen en un pedestal tras un par de partidos y en el siguiente, al sancionar algo con lo que no están de acuerdo, me sentencian y dedican uno de sus clásicos: “siempre es lo mismo con ustedes, ¿cuándo nos pitarán una a favor?”, así que ya tomo con bastante prudencia estos comentarios.  Ni soy tan bueno como algunos creen, ni tan malo como otros dicen, cada partido es una nueva aventura y toca esforzarse al máximo para hacerlo lo mejor posible.  

Salimos hacia la tienda del santandereano y procuro distraerme con el colorido panorama. Nuevos personajes han llegado al cuadro, como el palenquero con su canasta llena de bolsitas de maní. Está contento porque logró que le pusieran el disco de El Manicero, así que aprovecha para caminar de un lado a otro, tirando paso y ofreciendo su producto mientras canta jovialmente “caserita no te vayas a dormir, sin comer tu cucurrucho de maní”, en una escena hollywoodesca supremamente simpática. Seguimos el camino, pasando por las casas contiguas a la cancha, algunas de las cuales hacen de camerino para ciertos equipos, ya que allí se cambian los jugadores y guardan sus maletines durante el partido. Llegamos a la tienda, pido la gaseosa y logro finalmente dejarme caer en una silla. Ahora sí que siento el peso de la fatiga de la extenuante jornada. Mientras me relajo uno de mis asistentes es abordado por un caballero que le ofrece excusas por haberlo maltratado verbalmente en un partido previo que él dirigió, expresándole que había tenido cuestiones personales que lo tenían de mal genio y se había descargado con él. 

Uno debe dejar sus problemas afuera de la cancha o seguro encontrará más inconvenientes dentro de ella. Qué tal que nosotros pretendiéramos poner orden en un partido de fútbol con alguna amargura encima. Porque a nosotros también nos suceden impases, también tenemos dificultades en nuestro día a día, también salimos en ocasiones rabiosos de la casa, también tenemos malas rachas que nos mantienen angustiados constantemente y, de hecho, también sufrimos fatalidades familiares, y como a la vida le encanta ponernos a prueba, cuando tenemos una de esas calamidades y quedamos sumidos en la más profunda tristeza se presentan una serie de imprevistos que impiden que alguien nos pueda reemplazar y debemos asistir a la cancha a cumplir con la responsabilidad de dirigir un partido. Y en esos días en que no parece que vivimos sino que apenas existimos, que sentimos que nuestra alma deambula de un lado para otro derrumbándose a cada paso que da, que sufrimos un vacío inmenso que nada en el mundo podría llenar, que quisiéramos que un camión nos llevara por delante o que un rayo nos cayera encima para poder reunirnos con esa persona que se marchó para siempre, en esos días los equipos también pierden por nosotros o ganan a pesar nuestro, también somos la excusa para los errores de los jugadores, la explicación de las desgracias para los aficionados, también somos los portadores de malas noticias, el blanco común de blasfemias, el payaso al que todos pueden humillar y el ciego triple hijueputa con el que nunca nadie podrá estar contento.

Mientras regreso a la cancha por mi cabeza pasan los recuerdos nostálgicos de aquella ocasión, en que me tocó hacer de tripas corazón para poderme concentrar en el partido sin pensar en mi desgracia personal, no sin antes advertirle a mis asistentes que no fueran a cazar ningún tipo de pelea, que ese partido lo íbamos a dirigir mudos, porque donde surgiera algún conflicto y un jugador se metiera conmigo se me podía salir el diablo y mi familia terminaría sufriendo una segunda tragedia. Pero ya estoy sintiendo un dejo de congoja con esta digresión, mejor me vuelvo a concentrar porque el segundo tiempo promete estar más disputado que el primero y tengo que estar enfocado para botarla toda en la cancha.  Prefiero recordar una de las máximas que nos repiten insistentemente nuestros instructores: es mejor equivocarse con seguridad que acertar con indecisión. En esta parte complementaria debo señalar cada infracción que sancione con total certeza, sin dejar ningún espacio para la duda. Después los jugadores discutirán si tomé todas las determinaciones de manera correcta, pero en la cancha debe quedarle claro a todos que estoy totalmente seguro de cada decisión. 

Olvidé averiguar la situación en la tabla de posiciones de estos dos equipos, pero por lo mostrado en la cancha parece que a ninguno le sirve el empate. En este segundo tiempo están disputando cada balón a muerte y se retan constantemente entre compañeros cuando alguno se equivoca. El objetivo es no tener que cortar tanto el juego como en el primer tramo de la parte inicial, así que empiezo a pegarme al balón y a vociferar alaridos preventivos cada vez que intuya que se pueda presentar algún inconveniente. De esta manera ellos escuchan mi voz cerca y saben que estoy viendo claramente la jugada y muy pendiente de cualquier irregularidad que puedan cometer. “¡Cuidado con los codos!” cuando van a disputar un balón aéreo, “¡pilas con los taches!” si la pelota dividida es a ras de piso, “¡ojo con la reacción!” a un jugador que recibe una falta de amarilla y le noto la intención de responder. Estas advertencias y algunas amonestaciones me ayudan a administrar el juego, que cada vez se torna más complicado. 

Tras un rechazo sale un balón profundo que inicia un contra ataque sorpresivo en aparente fuera de lugar, pero mi asistente habilita la jugada así que me toca cambiar de ritmo para no quedar colgado. En mi afán de correr rápido piso una pequeña piedra que casi me hace tropezar y me puya la planta del pie, logro aguantar el grito por el dolor pero le pierdo momentánemente la vista a la pelota y cuando la recupero observo una nube de arena y al delantero y al defensa cayendo al piso dentro del área, con el balón saliendo por la línea final. No tengo ni la menor idea si fue falta o no ni quién la sacó. El asistente me salva la papeleta y visualmente me indica que no hubo penal, que es tiro de esquina. Como suele suceder, al haber caído un jugador al piso sus compañeros piden pena máxima, pero la comunicación con mi asistente fue oportuna y la resolución rápida así que nadie se percató de mi distracción y no se agarran de eso para reclamar más de lo habitual. Se prepara el ejecutor del córner y en el área están todos los jugadores, con lo viejos que son, comportándose como los niños de preescolar del colegio en el que trabajo: se acusan los unos a los otros, esperan que yo les dé la espalda para molestarse, me miran y señalan a otro indicándome que está haciendo algo malo, etc. Así que me ubico donde todos puedan verme para que sepan que están bajo vigilancia y ordeno la ejecución. Deciden cobrar en corto y tras una precisa pared un delantero ingresa al área con balón dominado, elude a un defensa y remata al arco, la pelota rebota en el muslo de otro zaguero y sale disparada como un proyectil hacia el brazo de un compañero de él que estaba a un metro de distancia.

El contacto es totalmente claro, pero “no se considerará infracción si el balón proviene directamente del cuerpo de otro jugador” o algo así dice la regla 12, el tema es que esta acción debe considerarse tomando en cuenta varios factores más. Si esto fuera un partido profesional tendría el chance de analizar la jugada repitiéndola desde diferentes cámaras y conociendo la opinión de los miembros del equipo arbitral de video, con el tiempo muerto, sin nadie afanando.  Si fuera un miembro de la rama judicial y tuviera que decidir sobre alguna denuncia tendría más de treinta días hábiles para examinar detalladamente cada prueba y cada testimonio.  Si fuera el jefe de recursos humanos de una empresa que debiera actuar sobre un conflicto entre dos empleados tendría todo el tiempo necesario para averiguar minuciosamente los hechos antes de tomar una determinación.  Pero estoy es en un torneo de fútbol aficionado y mejor me apuro y tomo una decisión pronto, porque ya se va a completar medio segundo desde que sucedió el contacto, y cada jugador está a punto de exigir que sancione a favor de ellos, así que si no resuelvo antes de que hablen, luego, decida lo que decida, va a dar la impresión que lo hice por solicitud de ellos. El jugador no tuvo intención de tocar el balón con la mano, que además se encontraba en posición natural, y la pelota no llevaba ningún destino comprometedor, así que enérgicamente grito “¡siga jugando que no fue voluntaria!” y rechazan el esférico por la línea de banda. Me rodean entonces varios jugadores reclamando por no sancionar penal, sobretodo el que había pateado, que vio claramente todo. “Amigo, el balón provenía de un rebote corto, no hubo intención de tocarla. Está equivocado, no se malogró la opción de gol, el balón había rebotado y no se dirigía hacia el arco. ¡No!, caballero, no todas las manos son infracciones. ¡Que no!, señor, la modificación de la regla aplica para manos del equipo atacante, no del defensivo, y sanseacabó, que a mí no me pagan por dar aclaraciones.” Le pongo la amarilla y me quedo mirándolo para ver si va a continuar y cambiársela por roja.

El juego ahora está más abierto, cada conjunto quemando todos sus cartuchos para tratar de conseguir el gol. Cuando un partido de esta categoría se abre ambos equipos suelen quedar con algunos jugadores dedicados exclusivamente a la fase defensiva, ubicados cerca de su área, y otros que se posicionan en el campo contrario buscando la anotación. El medio campo queda prácticamente despoblado, ya los jugadores no tienen oxígeno para hacer desplazamientos extensos, así que el juego ahora se centra en recuperar el balón y lanzarlo a uno de los compañeros de arriba. La que corre ahora es la pelota, y como yo tengo que estar siempre cerca de ella, me tienen galopando de lado a lado esquivando piedras y evadiendo los pequeños remolinos de arena que genera la brisa. Una nube ha refrescado el ambiente, así que los jugadores de ambos bandos prefieren que no haya receso de hidratación, para no perder tiempo valioso que necesitan para ganar el partido. Yo sigo de aquí para allá y apenas me queda tiempo para enjugarme el sudor de la frente antes de que se mezcle con el bloqueador y con la arena seca que tengo en las cejas y me invada los ojos. El viento se lleva la nube e inmediatamente se sienten los abrasadores rayos de ese sol canicular, el mismo que con su resplandor hizo que El Extranjero de Camus le disparara al árabe, el mismo que generaba tanto calor en Macondo que hacía que los pájaros se estrellaran contra las paredes y rompieran las mallas de las ventanas para morir en los dormitorios de las casas, y que ahora acelera el corazón y hierve la sangre de estos veteranos futbolistas, mientras que a mí me tiene totalmente agobiada la cabeza, al borde de un soponcio, en tanto que tengo los pies como si estuviera caminando sobre carbón quemado y siento que me podrían fritar un huevo en el cuello.

Faltan pocos minutos para que el partido termine y el delantero aquel que amonesté por la acción de la mano, el mismo que cuando entró al terreno de juego bendijo hasta a los perros que corrían de un lado al otro de la cancha aprovechando que la veían libre, conduce el balón y ha dejado dos rivales en el camino. Mientras ingresa al área contraria la pelota se le va un tanto larga y el último defensa que queda amenaza con despejarla. Logro ubicarme apropiadamente para notar que el zaguero, al darse cuenta que no va a poder rechazar el balón antes que su rival vuelva a dominarlo, amaga con patearlo, pero astutamente se frena en seco, mientras el delantero lo puntea suavemente hacia adelante, pero en vez de seguir avanzando para definir, como contaba con la patada del zaguero, decide separar uno de sus pies del camino natural que llevaban, tropezándose voluntariamente con las piernas del defensor y dejándose caer al piso en lo que considero una clara simulación. Termina de delatarse al girar el cuello para mirarme a ver qué señalo en el mismo viaje de la caída, algo que nunca sucedería si su acción no fuera premeditada.

Doy un silbatazo seco mientras camino lentamente hacia el lugar donde cayó el jugador, que es al lado del punto penal. El simulador me mira impaciente, convencido del éxito de su gran acto y ansioso por buscar el balón para cobrar el penal, el defensa no me quita los ojos de encima, expectante para armar un escándalo donde cobre falta, el público me observa confundido y agitado sin saber qué sucede, y mientras tanto, yo solamente pienso en la distancia prudente que debo mantener para sacarle la segunda amarilla y la roja al delantero, que ya se incorporó tras el piscinazo. Con parsimonia y mirándolo con sorna elevo el brazo izquierdo y con el derecho señalo el campo contrario, para indicar que la reanudación es un tiro libre indirecto a favor del equipo defensivo, y en seguida lo expulso, indicándole que él había buscado el contacto.

La escena, que parecía en cámara lenta y con el panorama quieto y en silencio estalla de forma súbita e intempestivamente se inicia un despelote de alaridos y reclamos, quedo rodeado de jugadores coléricos que me obligan a recular mirando ora al simulador que con sus ojos desorbitados se acerca con gestos amenazantes, ora al otro delantero que me grita “ladrón” con la boca desencajada y sus labios temblorosos, ora a un sustituto que se metió a la cancha a toda velocidad y me señala mientras me pregunta que cuánto me pagaron, y ahora los tengo a todos casi encima, cada vez más enfurecidos, cuando empiezo a percibir un vaho a licor en el aire, y es porque también entraron amigos de ellos de civil, que llevan tomando toda la tarde y no se sabe si están colorados por la borrachera o por la rabia, uno de ellos tiene una botella de cerveza vacía en la mano, no sé si con la intención de estrellármela en la cabeza, cuando logro ver al asistente que se acerca y también es atacado verbalmente por tres sustitutos que le señalan que él debía haberme indicado el penal, y cruzo por un instante los ojos con él y percibo su mirada recriminatoria, dándome a entender que si pitaba pena máxima nada de esto estaría pasando, y posiblemente sea cierto, ¡pero no por eso voy a tomar una decisión mentirosa!, ¡me rehuso a darle gusto a un tramposo!, aunque recibo un manotazo suave en la cara y siento que puedo terminar lamentando la decisión, seguramente me pegó el expulsado, que está totalmente descontrolado, y eso es responsabilidad mía, porque él percibió la satisfacción con la que le mostré la roja, yo sabía que él venía cargado de rabia conmigo desde la primera amonestación, me dejé ganar por la vanidad de querer demostrarle que no se iba a burlar de mí y me quise vengar por tantas ofensas que nos ha hecho en partidos previos, me lo tomé personal y eso siempre trae problemas, ahora está hecho un energúmeno, yo hubiera podido inclusive no pitar el penal y ya, perdonarle la expulsión, pero ya lo hecho hecho está, tengo que enfocarme en evitar que esto pase a mayores, lo primero es no responder a los manotazos, jalonazos, agarrones y puntapiés que estoy sintiendo, que afortunadamente no son fuertes, y seguir avanzando hacia atrás lentamente, tratando de darle el frente a todos, con mucho cuidado de no dar un mal paso e irme al piso, porque allí con seguridad aprovecharán para vaciar toda su rabia en mí, siempre es más tentador golpear a alguien caído que cuando está de pie, pero si demuestro firmeza y seguridad es menos probable que me ataquen, ya fingí ser más vivo que ellos durante el partido ahora es cuestión de que crean que no estoy cagado del susto, aunque va a ser difícil porque cada vez se unen más detractores, ahora llegó el patrocinador de ese equipo con sus tres carlanchines, que llevan gotereándole cerveza y ron toda la tarde y ahora buscan congraciarse con él insultándome y amenazándome, uno me chorrea con una bolsa de agua que se estaba tomando, no encontrando una mejor manera de humillarme, y con el baño que me da me llegan a la memoria noticias de árbitros que han salido de la cancha directo al hospital o al cementerio en circunstancias como ésta, producto de una golpiza que debo evitar a toda costa, y entre ese caos de alaridos y algarabía logro escuchar en uno de los bafles a Héctor Lavoe, “Todo tiene su final, Nada dura para siempre, tenemos que recordar, que no existe eternidad”, ¿me la habrán puesto como presagio de lo que viene?, o ¿será que me la estoy inventando gracias a este frenético despelote que me tiene con los nervios a tope?, necesito concentrarme y pensar con calma, porque aunque todos me siguen gritando y amenazando, si en verdad fueran a pegarme ya podrían haberlo hecho hace rato, por ahora se están limitando a gritarme y de bulla no se ha muerto nadie, tengo claro que cuando se arman estas turbas siempre llega mucho timorato, de esos que cuando el partido se pone crítico se esconden y dejan de pedir el balón, que en el trabajo los explotan y maltratan y a pesar de todo siguen con esa actitud de servilismo hacia los jefes, que en la casa la mujer los tiene de pendejos, pero que ahora sí se sienten envalentonados y aprovechan el tumulto para pasar por guapos, no, no van a tener la iniciativa de darme el primer golpe fuerte, y si lo hacen y no respondo seguro se desaniman y pierden el impulso, pero tengo que mantenerme atento y calmado, ya veo también a uno de los miembros del Comité Organizador del torneo, ellos detestan estas situaciones, seguramente estará pensando en llamar al presidente del Colegio Arbitral para contarle lo que yo causé, ¿será que nos quitan el torneo?, ¿quedarán los otros colegiados con menos trabajo por culpa mía?, ¿me echarán del colegio o me suspenderán sin asignarme partidos por un tiempo?, tendrán que dejarme rendir descargos al menos, pero ¡eso no importa ahora!, bien pueden condenarme al ostracismo, ahora lo urgente es salvar el pellejo, y veo que se acerca alguien del otro equipo, ¿vendrá a apoyarme?, se abre paso y me dice que debo acabar el partido por falta de garantías, que así no se puede jugar, al cretino solamente le interesan los tres puntos para su equipo, ¡pues a mí me importa un rábano el juego en este momento!, pero estuvo bueno que llegara, porque ahora la cogen contra él también y me dan un respiro, ¿no habrá nadie que piense ayudarme a calmar a estos salvajes?, miro hacia la tribuna, donde hace un minuto todo era risas y fiesta, y diviso varios espectadores que durante todo el partido permanecieron clavados en el celular, embrujados en ese mundo de mentiras de las redes sociales, donde creen ser amigos de todo el mundo y deben pasar como elocuentes e interesantes aunque en realidad sean unos babosos, y mientras perdían su tiempo ahí les pasaba el juego, las personas de carne y hueso, las anécdotas, los chistes, la música y la vida por delante y ni cuenta se daban, y ahora sí están de pie mirando hacia la cancha, con el chunche ese en la mano grabando todo el desorden, esperando que me muelan a golpes para tener un gracioso video para publicar y aumentar la popularidad ficticia que generan estas redes y así poder sentirse menos vacíos, pero no les voy a dar ese gusto, aunque ya el jugador del otro equipo se retiró y nuevamente me rodean todos a mí y cada vez más sapos se les unen, ¿cuánto tiempo habrá pasado?, miro de soslayo el reloj y no ha transcurrido ni medio minuto desde la roja, aunque a mí me ha parecido una eternidad y sólo quiero que esto acabe, por más que mis asistentes tratan de intervenir me siento más solo que nunca, con un montón de personas que no conozco ni saben nada de mí maldiciéndome sólo por cumplir con mi trabajo, ¿les dará lo mismo degradar y amenazar a otra persona?, siento que estoy al borde del colapso, pero no puedo perder la calma, hay gente que ha pasado por situaciones peores que ésta y ha podido salir adelante, y de hecho esto no es tan inusual, muchas veces se inicia una disputa donde unos pocos acusan a alguien y luego se unen más y más personas que nada tienen que ver, y, de hecho, yo he sido parte de esa turba señaladora, en casos muy diferentes a éste, pero también he hecho la fácil de tomar el bando de la mayoría, por esa maldita costumbre que tenemos de arrimarnos al árbol que más sombra da, además con mi silencio cómplice he patrocinado injurias y maltratos posiblemente injustos, ahora entiendo cómo se han sentido esas personas ofendidas, que posiblemente cometieron un error pero que jamás merecían que los ultrajaran desmesuradamente otros que no tenían velas en el entierro, y así como nunca quise salir de mi zona de confort para apoyar a alguien al que le había suscitado un chisme y ahora todos le daban la espalda, para defender a aquél que todos encontraban divertido matonear o para apoyar a esa persona que no encajaba en algún círculo social y lo hacían sentir mal por eso, ahora nadie tiene por qué interesarse en interceder por mí, y entre más voy reculando y soportando la embestida veo caras nuevas en la tribuna, algunas preocupadas, otras que se divierten y unas más atizando a los jugadores, “maten a ese chulo, siempre es lo mismo con ellos”, escucho de una voz rebosante por el coraje que le da el anonimato, y ya estamos casi fuera de la cancha, entre paso y paso ya he avanzado como cincuenta metros y el expulsado, estimulado por esos gritos de apoyo, por fin se resuelve y se me va encima con la intención de darme una trompada, pero se incomoda con sus mismos compañeros y falla el primer golpe, el segundo me lo conecta pero entre el cuello y el hombro y al evadirlo termino fuera de la cancha, cerca de donde estaban sentados lo miembros de un equipo que había jugado más temprano, y al comienzo de manera tímida pero cada vez más resueltamente se interponen y tratan de calmar a la irritada muchedumbre que insiste en buscarme, pero ya no les queda tan fácil y poco a poco se van calmando, hay señoras y niños cerca de mí y eso los obliga a andar con más cuidado, mientras yo agradezco internamente que así fuera de manera coyuntural me hubieran apoyado estos señores, más valerosos de lo que he sido yo en casos similares, y aunque sigue el corazón a mil y la adrenalina al límite, ya sé que es cuestión de esperar un rato más sin decir una sola palabra, así por la cabeza me pasen millones de exclamaciones y así quisiera responder a cada ultraje, pero no me debo llenar de rabia pensando en eso, más bien de gratitud, porque saldré prácticamente ileso de una enseñanza más que me ofrece la Universidad de la Vida, y cómo sólo ella sabe hacerlo, dejándome mano a mano con el peligro, permitiéndome sentir intensamente lo que es estar acorralado y con todos en contra, para aprender que nunca más debo tolerar cuando algo similar le ocurra a otra persona, y es que finalmente el arbitraje no es más que otro medio del que se vale la vida para enseñarnos a ser mejores personas, y así como a manera personal me ha hecho más tolerante, paciente y con mejor control sobre mis emociones, ahora me ratifica que la verdadera plaga que nos agobia como sociedad es el egoísmo y la falta de solidaridad, y que si no somos capaces de ponernos en los zapatos del otro nunca saldremos adelante, así que aprovechemos que los agresores perdieron el impulso y regresemos a la cancha para ponerle orden a este jolgorio, ya la tranquilidad se evidencia en mi semblante, por eso habrá pocos que siguen perdiendo su tiempo insultándome, no hay nada más frustrante que esforzarse maldiciendo a una persona que no se da por aludida, y la ausencia de injurias permite que llegue nuevamente la música de los parlantes, donde Henry Fiol me advierte “cuidado por si te caes, la vida es una montaña rusa”, entonces vamos a invitar a que los que nada tienen que ver con el espectáculo abandonen la cancha y sigan departiendo en las afueras, mientras que ubico a los asistentes para que me ayuden a tomar las sanciones disciplinarias, ellos dicen que debería finalizar el partido por falta de garantías, y tienen toda la razón, pero eso sólo traería más problemas, los jugadores se calmaron pero acá no hay policías ni nadie que nos proteja y donde tome esa decisión se forma una rebambaramba que se juntan cuatro, cinco, siete, ocho, nueve o diez y ahí sí toca correr a buscar algún escondrijo, prefiero que se termine de jugar en la cancha, aunque sí debo castigar individualmente a los que me ofendieron, que en su mayoría eran unos que ya habían sido sustituidos, además del otro delantero, pero no quiero alborotar el avispero sacando la roja, así que me toca como hace sesenta años, antes de que el ex árbitro inglés Keneth Goerge Aston propusiera el uso de las tarjetas, debo informar verbalmente la sanción, entonces le comunico al capitán que algunos sustitutos aparecerán reportados en la planilla y que el delantero debe abandonar la cancha, hay otros que están pasando de agache, la realidad es que en medio del barullo era imposible identificar a cada persona que me ofendiera y no me voy a poner con susceptibilidades a echar a todos los que me gritaron, más bien pidamos el balón y que cobren rápido el indirecto a ver si terminamos de una buena vez con esto.

Como lo escribió Hernando José Marín Lacouture y lo declamó con su inigualable estilo el finado Rafael Orozco, “después del vendaval viene la calma”. El vértigo del conato de pelea contrasta con el ritmo del partido una vez se reanuda; parece que derrocharon sus restos de fuerza y energía y ahora se mueven desganadamente sin intentar jugadas de riesgo, a pesar que un equipo quedó con nueve jugadores. Rápidamente se cumple el tiempo de adición y sueno los tres silbatazos para cerrar el telón de este encuentro sin goles pero con mayor emotividad que muchos que recuerde. Los asistentes se desplazan velozmente para acompañarme en el círculo central, por si alguien insiste en atacarme, pero afortunadamente todos se retiran de la cancha pacíficamente, algunos inclusive se acercan para despedirse y felicitarme. Nuestra salida del campo está ambientada por recriminaciones e improperios de los jugadores expulsados, pero ahora todo me resbala. Mis asistentes saben que no es el momento para discutir los sucesos, nos limitaremos a redactar el informe arbitral para dejar empapelados a los jugadores que trataron de lastimarme y me injuriaron y listo, entre semana en la reunión técnica con los demás colegiados hablaremos calmadamente del tema. Por ahora iré al camerino y me quitaré este traje negro juagado en sudor para salir con mi pinta desgarbada y mi carita de yo no fui y poder gozar nuevamente de las mieles de ser otro don nadie más en estas concurridas calles barranquilleras, que son testigo de tantas anécdotas en estos domingos de familia, frías y fútbol.

Así que mientras cobro el pago del partido y busco la bicicleta para ir a pegarme una buena comilona y a descansar después de este acontecido día, concluye este emotivo relato, y no puedo despedirme sin aclararle, querido lector, que si quedó con la impresión de que lo hice para hacer una protesta pública o para quejarme de esta profesión, fue que comprendió mal mi intención o que me expresé equivocadamente, porque los afortunados que padecemos esta deliciosa enfermedad llamada fútbol, los viciosos incurables a los que no nos alcanzaría la vida para rehabilitarnos de los placeres del balompié preferimos dejar una cancha sudados, ardiendo en calor, colorados, con los labios resecos, los ojos hinchados, con arena hasta el cogote, encalambrados, con los pies ampollados, totalmente agotados, además de insultados y vilipendiados que terminar la jornada laboral saliendo de una oficina con aire acondicionado, frescos, perfumados, bien peinaditos y con los bolsillos llenos. Le pago la gaseosa al cachaco de la tienda y empiezo a pedalear en mi burrita de acero mientras escucho a Rapphy Leavitt despedirme: “hay que pasar la vida siempre alegre, después que uno se muere de qué vale, hay que gozar de todos lo placeres, cuándo uno va a morir nadie lo sabe”.

Copa América: Fútbol, Rebusque y Farra: Capítulo 2

2. PARTIDO CON PARAGUAY Y SAO JOAO EN SALVADOR

Llegó por fin el esperado día de regresar a Salvador, inicialmente para ver el duelo de técnicos colombianos entre el Bolillo y Reynaldo Rueda, pero principalmente para tener la oportunidad de vivir el Festival de Sao Joao, una fiesta de origen portugués en honor a Juan Bautista que incluía presentaciones musicales, pólvora, disfraces, comidas y demás atracciones propias de cualquier festival de pueblo en nuestro país.  Este evento es más icónico en algunos municipios de Bahía que en Salvador, pero de todos modos en esta ciudad tiene gran importancia, así que se establecieron varias plazas cercanas entre sí donde grupos de Forró y Sertanejo deleitaban a locales y turistas que exponían sus mejores pasos.

El Forró es un ritmo alegre donde el acordeón de teclado marca la pauta, acompañado de tambor y triángulo, que en algunas canciones ponen al público a brincar, a pasearse de lado a lado tomándose de gancho y a hacer coreografías grupales. El sertanejo que escuchamos era un ritmo más moderno y eléctrico, donde el cantante era el protagonista y no nos extasiaba de la misma manera que el forró. Eso sí, es un género más romántico, así que si se bailaba en compañía de alguna de las hermosas bahianas presentes en la plaza uno se lo gozaba bastante. Más de un colombiano se vio bailando amacizado a ojo cerrado, enamorado de una garota alguna de estas canciones de Sertanejo que los brasileños cantaban a todo pulmón con gran sentimiento.

En Brasil no es tan común como en Colombia bailar salsa, merengue o vallenato, ya que su naturaleza es la samba, así que al sonar un ritmo como los del festival los colombianos éramos parejos cotizados. El ritmo se agarraba rapidito y sin mucha dificultad, y el toque colombiano que se le ponía resultó gustar bastante. La gente creía que habíamos tomado clases antes del paseo y en el fondo tenían razón: clases durante toda la vida bailando en asados, cumpleaños, despedidas de año en el trabajo y en cuanto agasajo reúna a más de seis pelagatos.

Llegó el domingo del partido y nuevamente con el apoyo de mi hermano, pero con el cansancio del poco tiempo de sueño debido a tanta fiesta, salimos a vender lo poco que quedaba.  Logré negociar las boletas de los peruanos a mitad de precio y fuimos al sector del banderazo, que se encontraba vacío, así que caminamos por el resto de las calles que conducían al estadio y que también estaban muy apagadas.  Nos ubicamos cerca al estadio y poco a poco fue apareciendo la gente, que por el guayabo se había levantado tarde y llegó sobre la hora.  Como quedaba poco por vender decidí dedicarme a pintarle la bandera de Colombia a las personas en la cara por una donación voluntaria, algo que ya había hecho en los partidos previos pero sin tanta insistencia.  Cada quien decidía cuánto darme, había unos que se limitaban a las gracias pero otros que eran mucho más amplios. 

En medio de tanta gritadera y algarabía para atraer clientela un señor me dijo que le sobraban dos boletas y me las regaló y en seguida llegó un comprador, que dio menos de un tercio de su valor original pero que igual me servía muchísimo.  Nos dispusimos entonces a entrar al estadio a ver por fin un partido relajados, sabiendo que pasara lo que pasara íbamos a ser primeros del grupo.  De todos modos fue muy satisfactorio ver que los suplentes jugaran tan bien y que superaran a Paraguay de manera clara.  Quedaban los últimos días en Salvador para seguir disfrutando el Sao Joao y las otras maravillas de esta hermosa ciudad, donde nos sentimos como en casa.

Y es que no podía ser de otra manera, si estamos hablando de un lugar culturalmente histórico, el principal puerto negrero en la época de la esclavitud, donde encontramos muchas similitudes con las ciudades costeras de nuestro país. Tiene zonas con fuertes construidos por esclavos parecidos a Cartagena, playas equiparables con las de Santa Marta, invasiones en lomas como en Barranquilla y una población que a no ser por el idioma es casi idéntica a la de San Basilio de Palenque o la de algún municipio de nuestra costa pacífica.  La “mixturaçao” en Salvador fue más compleja que en nuestras ciudades debido a una mayor influencia europea e indígena.

La discriminación con el pueblo afrodescendiente fue muy fuerte y aunque estén tratando de reivindicarse sigue siendo notoria la desigualdad. Los colombianos pudimos sentir todo esto durante nuestra visita. Si algo ha caracterizado al pueblo negro es que a pesar de su sufrimiento y de las condiciones adversas siempre expresan su alegría a través de la música.  En esta semana de Junio era común ver colombianos en el Largo Terreiro de Jesús practicando Capoeira o en otras plazas de Pelourinho tocando tambores y bailando samba. Salvador es una ciudad carnavalera, y si de algo sabemos los colombianos, sobretodo cuando viajamos en combos numerosos, es de parrandear y de gozarnos la vida.

Desafortunadamente hubo también cosas negativas en nuestra estancia en la primera capital de Brasil.  Esta ciudad tiene bastante inseguridad y aunque Colombia es la mejor escuela para enseñarse a andar siempre prevenido, los traguitos de más y el exceso de confianza de algunas personas ocasionaron que les robaran celulares, billeteras y otros objetos personales.  Una noche que llovió y las plazas de Pelourinho quedaron prácticamente desiertas, un habitante local, quien antes de que empezara la lluvia estaba compartiendo con nosotros, en una pequeña distracción le robó la billetera a un brasileño borracho que siguió dando papaya, y al rato otro ladrón le quitó el celular.  Otra noche a un colombiano que estaba cerca de donde yo me encontraba le raponearon el teléfono. Nos percatamos y en seguida perseguimos al ladrón e hicimos escándalo, pero nadie lo detuvo.  Apenas corrimos por una de las calles empedradas el colombiano al que habían robado se cayó porque las rocas estaban resbalosas por la lluvia, yo logré seguir persiguiendo al ratero aunque casi me voy de jeta varias veces y dejé de correr cuando se metió en un callejón oscurísimo.  Para ir a mi hostal tenía que caminar por esas calles vacías y oscuras así que lo hice armado de una botella de vidrio y mirando feo al que pasara cerca. Hablando con otros compatriotas nos comentaban sobre otros robos y agresiones por parte de antisociales locales.

Pero los recuerdos principales de estos días en Salvador no serán esos. Porque a pesar de tanta fiesta y celebración también quedó tiempo de visitar la Iglesia del Señor de Bonfim y poner la respectiva cintica colombiana en la reja de entrada, de probar su gastronomía famosa gracias a los libros de Jorge Amado, de conocer las casas de Olodum e Ilê Aiyê, dos de los principales blocos que se presentan en el carnaval, de asistir a una misa afro donde a punta de tambores los feligreces se emocionan, bailan y se conectan más con su espritualidad, de ver la estatua de Zumbí dos Palmares, héroe negro equiparable con nuestro Benkos Biohó, de acompañar a la clase obrera en la huelga contra del gobierno de Bolsonaro, de conocer un poco sobre los orixás y el candomblé y comprender el fuertísimo significado que tiene la religión para ellos, de recochar con los hinchas del Bahía y el Victoria, que no hacen más que mamarse gallo entre sí, y de comunicarse con estas personas tan amables y similares a nosotros, y aunque el portuñol no permitía entenderles todo, su bondad y camaradería es algo que jamás olvidaremos.

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Copa América: Fútbol, Rebusque y Farra: Capítulo 3

3. PARTIDO CON CHILE Y REMATE EN RÍO

Nos marchamos con mucha nostalgia de Salvador a continuar la travesía en Río de Janeiro, ya que nuestra poca fe nos había hecho comprar boleta para ir al partido de Cuartos de Final en esta ciudad, donde se jugaba el duelo del segundo del grupo, que terminó siendo Argentina – Venezuela.  Éramos muchos los colombianos que habíamos decidido permanecer en Río y que teníamos boleta para ese juego y no para el de Colombia en Sao Paulo, así que Anthony Barrios, líder de la barra Escuadrón Tricolor, se dedicó durante varios días a coordinar la monótona gestión de intercambiar boletas, buscando argentinos que tuvieran la de Sao Paulo.  Una labor desgastante que hacía con el único interés de que el estadio estuviera más pintado de amarillo que de rojo el día del partido. Se armaron varios buses que saldrían de Río el mismo viernes del juego directamente al estadio y que regresarían una vez finalizara, para evitar pasar la noche en Sao Paulo.  Los brasileños con los que hablábamos decían que Colombia había mostrado el mejor fútbol hasta ahora y presagiaban una final contra ellos.  Era inevitable emocionarse, pero sabíamos que Chile era un rival dificilísimo y que teníamos que brindarle todo nuestro apoyo a los jugadores.

El partido sería en la Arena Corinthians, estadio al que llegamos muy temprano, lo que me dio tiempo de ubicar el mejor lugar para establecerme.  Al igual que contra Qatar, había muchos barristas que no tenían boleta y también habían llegado temprano para buscarla.  Cabe aclarar que en estos grupos hay muchas personas que son amables y respetuosas, que no tienen los recursos para viajar pero que buscan la manera de que los ayuden de forma educada.  Sin embargo, hay otros que se portan más agresivamente, se unen en grupos y miran mal o insultan a los que alientan a otros clubes y en general tratan de amedrentar como estrategia para cumplir su objetivo de obtener el dinero para la boleta, la comida y sus otras necesidades.

Una vez ubiqué el lugar por donde salía la gente que venía en metro y ofrecí pintar la cara, un grupo de barristas que estaban recostados a unos veinte metros me dijeron que ellos también iban a pintar caras y que no querían competencia, que me dejaban trabajar quince minutos y después me fuera.  Un aviso de estos siempre asusta un poco, pero yo sabía muy bien que no me podían hacer mayor cosa habiendo presencia policial, que no eran más que un grupo de pelados envalentonados por el hecho de ser bastantes y lo más importante: que éstas son las pruebas sabrosas que lo miden a uno en la vida.  Tampoco me iba a poner a buscar problemas, ya que me encontraba absolutamente solo y sin respaldo, así que me fui por el lado de invitarlos a dejar la flojera y trabajar pronto y me paré firme a ofrecer más duro y con más emoción para que tuvieran claro que de ahí no me movía nadie. 

A mí me quedaban pocas camisetas y había muchas personas que habían llevado para vender, así que las ofrecí tímidamente y cuando vi que los policías estaban quitando cerveza y mercancía de otros vendedores decidí echarme la maleta al hombro y solamente pintar la cara, algo aparentemente permitido.  Debía estar pendiente también de la llegada de un amigo que traía mi boleta mientras que buscaba nuevos clientes y trataba de evitar policías y otros barristas. Ellos buscaban monedas o plata en general y a mí la actividad de pintar caras me obligaba a cargar los billetes en la mano para agilizar todo, así que en cualquier momento podían tratar de raparme la plata. 

Se acercó un señor con su hijo para que le pintara la cara y al mismo tiempo llegó un policía a cuestionarme por lo que hacía, yo le expliqué que nunca me habían prohibido esa actividad, pero él se refería a la maleta, que estaba con mercancía.  Por más que le insistí que la tenía guardada y sin ofrecerla siguió con el tema y me pidió la boleta, para confirmar que no fuera un vendedor sino que estaba ahí para ver el partido.  Yo no la tenía, ya que el amigo aún no llegaba, así que él puso la mano sobre el bolso para que se lo entregara. Eso significaba perder la mercancía y posiblemente que me llevaran a un puesto policial y no pudiera ver el juego. Cuando tenía la adrenalina a tope el señor al que le iba a pintar la cara me dio dos boletas y yo las tomé pensando que eran las de él y el hijo y que me las daba temporalmente para engañar al policía y que no jodiera más.  Sin embargo, el señor me dijo que eran mías y se retiró. Yo no entendía nada, me explicó que me las estaba regalando y se marchó sin siquiera darme el chance de agradecerle. 

Así son los ángeles de la guardia que la vida nos pone en el camino.  Logré que el policía soltara la maleta con la mercancía y que me permitiera marcharme tranquilo, aunque me dijo que entrara al estadio en seguida y no vendiera más cosas.  Me alejé pero aún no podía entrar a la Arena Corinthians, debía ubicar a mi amigo y vender las boletas que sobraban. Quería entrar con una de las regaladas para ver si el señor estaba en el puesto contiguo y lograba agradecerle. Le vendí la mía a un barrista muy respetuoso que no tenía el dinero completo para comprar una y ahora directo para el estadio, donde desafortunadamente no encontré al señor.

Se sentían muchos nervios por el partido y esos goles que anuló el VAR eran un presagio grave.  Colombia no jugó bien y no se veía por dónde se le podía hacer gol a Chile.  Cada vez que Yerry Mina tocaba el balón los aficionados brasileños lo abucheaban por su pasado en Palmeiras; yo sólo pensaba en lo sabroso que sería que marcara frente a toda esa hinchada Corinthiana.  El gol que hizo de penal fue una buena manera de cerrarles la boca, pero desafortunadamente quedamos eliminados una vez más por esta vía, al igual que hace un año en Rusia.  Los jugadores quedaron desconcertados en el campo de juego un buen tiempo. Todos pensábamos que ésta sí sería nuestra oportunidad, que íbamos a culminar esta aventura viendo al tigre levantando el trofeo.

El viaje de regreso a Río de Janeiro fue el momento para recapacitar y analizar la situación, ya que esto modificaba el paseo tanto en su parte logística como emotiva.  Yo igual me quedaría hasta la final, así que tendría más tiempo para conocer Río, aprovechando que evitaba el viaje a Porto Alegre para la semifinal.  Muchos colombianos se quejaban por el planteamiento de Queiroz, insultaban a Tesillo y en general se dedicaban a lamentarse por la eliminación.  A mí, a pesar de la enorme tristeza que sentía, se me dificulta tener una actitud negativa cuando estoy teniendo una experiencia absolutamente increíble que me ha permitido conocer y aprender tanto y compartir con mi hermano y mis amigos muchos momentos maravillos.  Podrá ser egoísta, pero prefiero haber asistido a la copa y haber quedado eliminados en cuartos de final que haber visto a la selección campeona por televisión desde Colombia. 

Estos viajes futboleros son lo máximo, yo no los cambiaría por un tur por toda Europa, ni por ir a conocer las pirámides egipcias ni por estar una semana en un crucero con todos los lujos posibles.  El tema de la venta implica un gran desgaste físico, teniendo en cuenta que hay que caminar con bastante peso encima durante muchas horas al día, subiendo escaleras y andando por calles empinadas, que lo dejan a veces a uno con calambres y un cansancio enorme, pero la alegría del día a día en el viaje es mayor y opaca estas incomodidades leves. A mí me encanta estar en actividad constante, siempre en la jugada para hacer alguna venta, cuadrar algún negocio, para colaborarle a alguien que lo necesite o simplemente para hablar carreta con otro loco y enterarme de su historia. La facilidad con la que se hacen amigos y se consiguen compañeros de recocha es increíble. Además, la plaga colombiana cada vez tiene mayores adeptos y se comporta mejor, y todo es gracias al buen momento futbolístico de los últimos años, así que para los jugadores y el equipo yo sólo tengo gratitud.

Ese fin de semana sería la despedida de mi hermano y de otros amigos, así que tocaba echar playita en Copacabana y buscar una fiesta que valiera la pena. Le decisión fue ir a los Arcos de Telles a escuchar samba en vivo. Un amigo tuvo que llegar con maleta y todo porque de ahí lo despachamos directo al aeropuerto a las 3:00am.

A mí me quedaba una semana más que incluía una ida a Belo Horizonte para el Brasil – Argentina y la venta de dos boletas para ese juego. Nunca me ha gustado trabajar la reventa, pero en mis planeaciones previas al viaje calculé que esta semifinal de Brasil iba a ser un juego codiciado y afortunadamente le tocó contra Argentina, lo que lo hizo más interesante. De todos modos las lógicas de este negocio varían mucho, y un día antes del juego en Río de Janeiro había más revendedores que compradores, una pésima señal. Decidí ir al banderazo argentino y ofrecerlas a un precio módico, donde no ganaba mucho dinero, pero sí la tranquilidad de poder viajar relajado a Belo Horizonte sin tener que llegar con afanes a buscar comprador.

Para este viaje al mítico estadio del 7-1 de Alemania en el mundial fui en un bus con mayoría de argentinos, que iban con toda la ilusión de eliminar a su gran rival y de que Messi por fin ganara una copa.  Los gauchos tienen una grandísima pasión futbolera y es muy emocionante verlos con los colores de sus clubes locales, sobretodo cuando son de un barrio o de un pueblo desconocido al que alientan a pesar de no estar en primera división o de no ganar títulos casi nunca.  El viaje estuvo bastante largo y pesado. Cuando finalmente llegamos los alrededores del Mineirao estaban atestados de brasileños.  Había decidido ponerme el uniforme de árbitro, que aún no usaba en esta copa, para recochar sacándole tarjetas a los hinchas y mamando gallo con lo del VAR.  Esperaba con eso ayudarme a vender manillas, pero no se pudo. Lo que sí sucedió es que los brasileños, agradados por el show y bajo amenaza de ser amonestados si no lo hacían, me regalaron toda la cerveza que quise.  La barra brasileña es muy fervorosa también, y así en algunas ciudades no le dieran tanta importancia a la Copa, acá en el Mineirao fue increíble el apoyo a la verdeamarela.

Regresé a Río para presenciar la otra semifinal, ese hermoso triunfo peruano que nos mostró a todos la manera en que se debe encarar un partido de esta índole.  Enfrentaron a su gran rival, que también se las lleva mal con los argentinos y los uruguayos, así que el Inka Restobar en Copacabana se convirtió en el escenario para que muchos aficionados de estos tres países se unieran para hacer cánticos y burlas contra los eliminados.  El grupo de colombianos que nos manteníamos en Brasil envidiábamos a los Incas, que habían logrado recuperarse del durísimo revés de la primera ronda con los locales, y ahora enfrentarían su primera final desde 1975, cuando la ganaron precisamente contra nosotros. 

Se acercaba entonces el último fin de semana en Río, donde tocaba meterse las fiestas finales y tratar de rematar los pocos productos que quedaban.  Como ya no estaba con mis amigos empecé a compartir con otras personas que había conocido durante el rebusque y en especial con uno que se convirtió en el compañero con el que trabajaríamos en la final.  Planeamos pintarle la cara a peruanos y brasileños, pero con moldes del mapa de su país, así que tocaba ir al centro a buscar las pinturas, los pinceles y el plástico para hacer los moldes.  Mi amigo había salido hacía mes y medio de Colombia por tierra, con cincuenta mil pesos en el bolsillo, y había logrado cumplir su sueño de llegar a Brasil y ver jugar a la Selección Colombia. Vendía cerveza en Copacabana, pero desafortunadamente tuvimos dos días de lluvia y frío en la ciudad y cuando eso sucede las playas son muertas.

Llegó el sábado y por fin salió el sol, que llenó nuevamente las playas y que nos permitió ver el espectáculo del partido por el tercer puesto.  En un kiosko lo veían los argentinos y en el del lado los chilenos, no dejaban de cantar y de insultarse, y cuando el juego finalizó inclusive hubo botellas volando de un lado a otro.  La policía terminó rapidito con la guachafita y una vez volvió la calma la pasarela de Copacabana se convirtió en un hermoso escenario donde todos se conocían y hablaban entre sí, donde argentinos ponían a sonar su cumbia villera y los brasileños la aprendían a bailar, donde rebuscadores peruanos ofrecían camisetas y mucha gente de otras naciones les compraba por el gran agrado que había despertado el equipo, donde los vendedores nos cambiaban sus productos por elementos característicos colombianos, donde personas con camisetas de diferentes colores compartían caipirinhas mientras contaban sus anécdotas del viaje y donde se veía la hermandad latinoamericana y se despertaba ese sentimiento de compañerismo y amabilidad, el objetivo final por el cual este tipo de torneos se deben hacer. 

La farra sabatina se extendió mucho más de lo debido y llegamos a la casa de madrugada, cuando la idea inicial era tener bastante descanso para frentear la dura jornada que se avecinaba. Pero el que mucho duerme poco vive, así que con una hora de sueño salimos de la casa para preparar todo.  Mi amigo iba a vender cerveza al tiempo que pintábamos la cara, así que tocó comprar cuatro bandejas de latas de medio litro de Brahma y con ellas al hombro le dimos la vuelta al enorme Maracaná buscando el mejor sitio para ubicarnos.  El negocio de la cerveza en la previa de un partido es fijo, el tema es que la policía molesta mucho así que hay que ocultarla y además toca mantenerla fría y conseguir hielo no es una tarea sencilla.  Mi compañero permanecía a un costado del puente peatonal por donde llegaba la gente que venía en tren ofreciéndola mientras yo buscaba los clientes para la pintada, que en su mayoría fueron peruanos.  Él los pintaba mientras yo tenía los tarros de vinilo, pero a veces el viento corría el molde, llegaban personas interesadas pero se aburrían de esperar su turno, se regaba la pintura y en general era un trabajo complicado y desgastante. 

De todos modos nos fue bien y logramos vender dos cartones de cerveza completos. La policía nos quitó unas cervezas que nos faltaban del tercero y el cuarto, que estaba escondido, quedó caliente así que tocó ir a venderlo a unas pocas cuadras a precio de costo para poder volver y buscar una boleta barata para ingresar a la final.  Nos intentaron engañar ofreciéndonos unas de otros partidos y otras que aparentemente ya habían sido registradas, así que decidimos no arriesgar la platica que con tanto sudor habíamos ganado y fuimos a verlo en una tienda.

Nos quedamos esperando una mejor celebración por parte de los locales, sea lo que sea llevaban más de una década sin un título de mayores, pero las calles de Lapa, el infiernito de Río de Janeiro, no manifestaban tanta emoción.  Caminando por la calle principal de los bares nos juntamos un grupo grande de colombianos, todos buscando algo para hacer.  Nos dirigimos a un sitio que nos recomendaron donde había una dj que ponía música colombiana, pero al llegar vimos que estaba medio muerto.  Pensamos en ir para otro lado, pero luego caímos en cuenta que qué mejor que quince colombianos contentos y con ganas de fiesta para prender la rumba.  Así que la dj puso a sonar al Joe Arroyo, entramos a bailar haciendo escándalo y como era un sitio abierto al ratico llegaron más curiosos que pasaban por la calle sin saber a dónde entrar.  Fue una fiesta muy bonita para despedir este increíble viaje, todos contentos y satisfechos por tanta felicidad que se alcanza en una experiencia de estas y agradecidos con los brasileños por ser tan buenos anfitriones.

Terminé mi estancia en Río de Janeiro un día después caminando el centro y la pasarela de Copacabana una última vez, hablando con todos los colombianos que trabajan allí y que tuve el gusto de conocer, enterándome de la historia de cómo resultaron allá, planeando viajes futuros y aventuras nuevas.  Me quedaron algunas cosas sin vender pero en cuentas generales casi saqué el costo del viaje sin contar los tiquetes. Además de eso, logré intercambiar cosas de Colombia y obtuve la camiseta del Bahía, de Ecuador, de Argentina, dos de Brasil, una chaqueta del Flamengo, bufandas, pitos y otras “lembranças” brasileñas.  Pero lo más gratificante es recordar la expresión de felicidad de turistas y locales a los que les regalé manillas, turbantes y banderas de Colombia y el sinnúmero de personas que conocí y de conversaciones de fútbol y de la vida que tuve. 

Ya sin chilenos y argentinos insultándose y sin peruanos o colombianos borrachos por ahí la playa se veía un poco triste; definitivamente este tema del rebusque y de andar medio a la deriva no me parece tan chévere sin estar dentro del contexto de un evento deportivo. Así que llegó la hora de despedirme de estos nuevos parceros y de regresar a mi patria querida a retomar la rutina, eso sí con un aprendizaje enorme, con el grandísimo compromiso de ser excelentes anfitriones el próximo año y con una satisfacción gigante por confirmar una vez más que nuestra principal función en la vida es ser felices y buscar la manera de disfrutarla al máximo.

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